Vaya Ud. a saber

El hombre que nació dos veces

Hace algo más de cinco décadas, durante una comida familiar, anunciaste con inocente alegría que tu madre, allí presente, cumplía 40 años aquel día de abril. Sorpresa la tuya, claro, cuando acto seguido ella se encargó de ponerte la cara colorada: recibiste una reprimenda – merecida – por semejante comentario, y un silencio incómodo inundó aquel comedor de tu infancia. Hoy, acobardado tras la pantalla de este ordenador desde el que te escribo, y casi con más inocencia que tú, me atrevo a anunciar que es el día de tu 60 cumpleaños. Sé que no te enfadarás, al menos no mucho, así que ahí va: felicidades. 

Podría decir, incluso, que hoy cumples 119 años porque tú eres uno de los pocos hombres del mundo que nació dos veces. Debe ser una de las anécdotas que más he contado a mis conocidos: Sigue leyendo

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Amnestesia

Inventarse palabras
por ejemplo:
Amnestesia.
Dícese del estado de inconsciencia al que lleva no recordar.
O explicado de otra manera:
es el placer que significa no saber
no entender
no preocuparse,
ni asomarse a los problemas que la vida nos regala,
que son muchos
y complejos.
Vivir como un niño,
sin memoria a largo plazo,
tan siquiera a corto,
y ser feliz en ese duermevela cálido que provoca la ignorancia.
E inventarse palabras,
por ejemplo:
Amnestesia.

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Mamá, lo siento

Hola mamá;

si te escribo estas líneas es porque no encuentro otra manera de confesarte todo lo que vengo a decir. No quiero verte decepcionada, ni triste, ni enfadada. Aunque seguro que sabrás perdonarme, igual que siempre hiciste. Soy un cobarde, es cierto, pero no te preocupes que eso no lo aprendí de ti.

Estoy seguro, pese a todo, que ya intuyes de lo que vengo a hablarte, que ya lo has notado tras los últimos años, y que mientras lees estas líneas solo confirmas lo que ya sabías. Así que sí, mamá; es verdad, tienes razón, correcto, lo corroboro, me confieso: te he engañado.

Te he engañado mucho todo este tiempo de ausencia: ya no desordeno para ti. Sigue leyendo

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Los miedos de Gabo

Qué susto me has dado, idiota. La noticia de tu hospitalización me ha hecho temblar un poco, respirar más lento, entrañarte hondo. Lo cierto es que nunca he sentido demasiada admiración por demasiadas personas, menos aún en el complejo mundo de la literatura. Quizá solo estáis tú y Quino, tan mayores; tan diferentes. Y ayer noté que te ibas un poco al fin, que la vida te había vencido, y he sentido la necesidad de escribir de ti y de escribirte a ti; aunque nunca me leas, Gabo, aunque nunca me sepas.

De ti

Si hay algo que caracteriza la obra de Gabriel García Márquez (aquí debería ir su lugar y fecha de nacimiento y muerte, pero él seguro que lo consideraría de muy mala educación) es el miedo. El miedo, en general, como concepto, como forma de comprender la vida. El miedo que todo lo rodea; ese miedo que todo abarca. El miedo a todo, tanto a lo nuevo como a lo desconocido. Y fue entre lo desconocido donde el autor encontró el peor de sus temores, quizá el más natural, pese a tan común: la muerte.

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El lobito bueno

Siempre tengo la misma sensación cuando los veo: me pongo nervioso, intranquilo, se me acelera el corazón; me incomodo. Cómo es posible, me pregunto cada vez, si debería ser al contrario. Por qué esta sensación de inseguridad, joder, si ellos son la Policía: el cuerpo de seguridad del Estado.

¿Por qué me atacan todas estas emociones de mierda al verlos si debería ser al revés? ¿Por qué no siento tranquilidad, seguridad, amparo, respeto y todas esas sensaciones que debería entrañar cuando pasan a mi lado esos vehículos blancos y azules? ¿Por qué me asustan sus luces? ¿Por qué temo tanto sus sirenas, sus trajes, sus porras, sus cartucheras, su caminar, su carácter? Mourinho… ¿por qué?

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Al despertar

Lo peor para el dolor son las mañanas. Como cuando eras niño y te despertabas sin esa bicicleta con la que habías llegado a cualquier lado en tu sueño recién roto, o sin ese monopatín volador que era la envidia de toda tu clase. Esa vuelta a la realidad, ese segundo en el que te das cuenta de todo con una lucidez amarga y somnolienta, ese estallido en el que comprendes que las cosas son como son y no como nos gustaría, es el momento más angustioso del día, y no tiene más remedio que un remedio que no cura: poner el pie en el suelo, tan frío, de nuevo. Arriba.

Lo malo de la edad es que el dolor deja de tener forma de patinete ficticio, Sigue leyendo

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Otra vez

Va sentado de espaldas a la dirección de marcha, en la hilera de asientos individuales, al lado de la ventana, casi en la cabecera. De modo que cuando el tranvía se detiene poco a poco en cada una de las paradas va conociendo a todos los que se alinean en la acera para entrar en cuanto las puertas se abran. Así pasan todos esos rostros uno a uno por su mirada, tan dormida, pues aún es pronto y la noche nunca alcanza demasiado. Así los ve, cada vez más lentos, cada vez con más tiempo, pues el tranvía va frenando y muere al cabo, rindiéndose y abriendo todas sus puertas a la vez, en una coreografía perfecta, con un sonido mecánico y calcado parada tras parada; y salen entonces unos cuantos que van con prisa a sus trabajos, y entran otros tantos que rápido buscan asiento, y entra además el frío del invierno, que le incomoda más ahí dentro que allá afuera; por intruso, quizás, no lo sabe.

Algunos rostros se repiten de los días anteriores; otros son nuevos. La ciudad no es grande pero él recién ha llegado, aunque imagina que al final acabará conociendo a la mayoría. La cabeza apoyada en el cristal, la capucha sobre la cabeza, el abrigo aún abrochado y la mochila entre sus brazos, se encoge y se mima, se da calor: odia tanto las mañanas. Nunca sabe cuántas paradas van. Ha de ir hasta la última y eso le despreocupa, así que veces se sumerge en un duermevela cálido del que al rato le despoja el ruido maldito de las puertas abriéndose con estruendo otra vez, el jaleo de tanta gente que va y viene sin quererlo, y el frío que entra traidor y le castiga sin motivo.

A ella la vio llegar con prisa a la parada, cuando el tranvía ya había cerrado las puertas. Sigue leyendo

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Las horas

El trabajo no son solo las horas que trabajas, qué va. Son, también, las horas de desplazamiento hasta el trabajo, ida y vuelta, para empezar. Son, además, las horas tempranas a las que uno ha de despertarse para marchar a trabajar. Son las horas de irte pronto a la cama para no estar cansado mañana, que trabajas, otra vez. Son las pocas horas libres de la tarde en la que tienes que aprovechar para hacer de todo por que mientras trabajas no puedes. Son los momentos de preocupación por las tareas pendientes, por las cosas bien o mal hechas; los tristes minutos de pensar ‘y mañana lo mismo de nuevo’. Son los ratos de mal humor que te produce. Son las horas de domingo agónico y vacuo esperando la llegada inexorable del lunes, otra vez, ya viene; putos lunes. Son las horas que no pasas con los tuyos. Son las horas de visita al oculista de dentro de unos años, mire aquí, qué ve, lea esto: tiene la vista cansada. Y que lo diga. Son las horas de los libros que no lees; las horas de las películas que no ves. Son las horas que no disfrutas del afuera, de su sol o de su lluvia, de su brisa mañanera. Son las horas en las que no haces el amor, o los momentos mágicos en los que no conoces a esa chica del cruce a la que se le cayó el monedero pero tú no estás ahí para dárselo. Son las horas de deporte que no haces; son los minutos de paseos que no das. Son las horas que no ves crecer a tus hijos. Son las horas de hacer cuentas porque el fin del mes aprieta y este salario es de risa. Son las horas contadas de vacaciones que nos conceden como si nos hiciesen un favor. Son todas esas horas en las que te castigas pensando que posiblemente tú no querías esto, que así no querías estar; pero ahí estás sin embargo, aguantando; haciendo lo que parece ser correcto porque mucha otra gente lo hace, porque hay demasiadas cosas que comprar. Y son, por supuesto, todas esas horas que transcurren como si nada mientras trabajas; todas esas horas durante todos esos años; todas esas horas que parecen que no pasan pero pasan sigilosas y constantes, una tras otra en un orden riguroso y ancestral; todas esas horas incontables que al final, tras más de cincuenta años de pasar y pasar, uno echará en falta mientras se pregunta cómo fue posible que se pasaran tan rápido con lo lentas que parecían mientras pasaban, carajo.

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Corvus

Hoy he visto un cuervo muerto; ha sido como ver a la muerte muerta, y me ha hecho reír, aunque luego me ha dado pena, ya ves, y al cabo un poco de miedo, no sé, una sensación extraña; y al final he deseado no haberlo visto pero ya era tarde, joder, y ahora ella ya sabe que me reí de ella un poco.

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Zumo de bote

Es curioso: nos hemos acostumbrado a comer mierda. Es más: nos hemos acostumbrado a ella en general, hasta el punto, casi, de preferir comer mierda a comida sana, orgánica, sostenible; o cómo sea. De algún modo nos han conquistado desde pequeños con su chocolate industrial, con sus salsas edulcoradas, con su carne de laboratorio, con sus patatas de bolsa, con sus dulces dulcísimos, con sus sopas de sobre, con su atún en lata, con su pan de molde, con su tomate sin tomate y con un sinfín de apaños más de empresas que lucharon por adaptarse a un mundo que demandaba rapidez y efectividad a bajo coste.

Parece que supieron hacerlo; y así nos va a muchos que nos sorprendemos comiendo cosas de mucha calidad con un sabor aparentemente peor – quizás no peor; tan sólo menos sabroso – que sus homólogos ‘industriales’. Por eso esta hamburguesa orgánica está bien, sí, pero prefiero las de allí – sin hacer publicidad –, y a esta ensalada con productos de una huerta sostenible le falta algo, no sé, esa otra que venden allá está más rica, tiene más chicha, y la fabada del norte natural está buena, pero me la esperaba más como la de lata, que no veas si sabe bien, y los quesitos éstos para untar están de muerte así que aleja ése de granja que huele a pie, coño, y entre tomate casero y kétchup, kétchup, por favor, y el zumo mejor de bote, si se puede; y el de esta marca, en serio, que es épico.

Es curioso: pasa lo mismo con España, ya ven. Sigue leyendo

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