Vaya Ud. a saber

Otra vez

Va sentado de espaldas a la dirección de marcha, en la hilera de asientos individuales, al lado de la ventana, casi en la cabecera. De modo que cuando el tranvía se detiene poco a poco en cada una de las paradas va conociendo a todos los que se alinean en la acera para entrar en cuanto las puertas se abran. Así pasan todos esos rostros uno a uno por su mirada, tan dormida, pues aún es pronto y la noche nunca alcanza demasiado. Así los ve, cada vez más lentos, cada vez con más tiempo, pues el tranvía va frenando y muere al cabo, rindiéndose y abriendo todas sus puertas a la vez, en una coreografía perfecta, con un sonido mecánico y calcado parada tras parada; y salen entonces unos cuantos que van con prisa a sus trabajos, y entran otros tantos que rápido buscan asiento, y entra además el frío del invierno, que le incomoda más ahí dentro que allá afuera; por intruso, quizás, no lo sabe.

Algunos rostros se repiten de los días anteriores; otros son nuevos. La ciudad no es grande pero él recién ha llegado, aunque imagina que al final acabará conociendo a la mayoría. La cabeza apoyada en el cristal, la capucha sobre la cabeza, el abrigo aún abrochado y la mochila entre sus brazos, se encoge y se mima, se da calor: odia tanto las mañanas. Nunca sabe cuántas paradas van. Ha de ir hasta la última y eso le despreocupa, así que veces se sumerge en un duermevela cálido del que al rato le despoja el ruido maldito de las puertas abriéndose con estruendo otra vez, el jaleo de tanta gente que va y viene sin quererlo, y el frío que entra traidor y le castiga sin motivo.

A ella la vio llegar con prisa a la parada, cuando el tranvía ya había cerrado las puertas. Sigue leyendo

Estándar
De viaje

Frío

Hoy he vuelto a sentir frío. Llevaba más de seis meses sin sentirlo, y creo que lo echaba en falta. Ha sido al salir de la ducha, como en un invierno de Madrid, pero en Bangkok. También es invierno aquí; 26 grados y el sol abarcando el cielo. Ha sido extraño, sobrecogedor. Me ha pillado de sorpresa, pero me ha gustado. Me ha hecho recordar: había olvidado el frío.

Las duchas en la mañana siempre son un alivio contra el calor pegajoso con el que amanezco. Mi habitación está orientada al este, y entre las cortinas – no hay persianas – de su enorme ventanal se cuela la rabia del sol naciente y me hace sudar los sueños; me despierta. Por eso el frío que alguna vez he sentido en Bangkok ha sido culpa de los aires acondicionados. Los taxis, los centros comerciales, algunos restaurantes, los autobuses también, todos están llenos de este frío; frío artificial e incómodo.

Lo mejor de los inviernos son las mantas. Me gusta estar arropado; la sensación de una colcha calentándome, la sensación de la cama fría que se calienta poco a poco y de la que no quieres volver a salir nunca, envuelto como una crisálida en ese edredón que es entonces más casa que tu casa propia. Me gustan las duchas tórridas, las de piel roja, esas que llenan de vaho los espejos donde escribir mensajes o dibujar escafandras alrededor de tu cabeza para sentirte Jim Carrey en El show de Truman. Me gusta usar las dos toallas de casa para secarme, y que mi padre se cabree porque las dos están mojadas. Me gusta caminar abrigado, y bajar a por pan sin quitarme el pijama cuando me visto. Me gusta entrar en un bar y no quitarme el abrigo hasta que el calor se me hace insoportable. Me gusta salir en manga corta para hablar con los que fuman, pero apenas un minuto; casi una travesura. Me gustan las siestas de sofá y manta; el cine de sofá y manta; el fútbol de sofá y manta. Me gusta saber que el frío esta fuera, y yo dentro, en casa, sin tener planes y sin querer tenerlos. Me gusta el invierno de Madrid; frío de verdad e incómodo.

Hoy he vuelto a recordar, he vuelto a sentirlo. Y he querido que nunca se me olvide el frío, por favor, pues habré de odiar el calor durante el resto de mis días tórridos.

Estándar