Vaya Ud. a saber

Otra vez

Va sentado de espaldas a la dirección de marcha, en la hilera de asientos individuales, al lado de la ventana, casi en la cabecera. De modo que cuando el tranvía se detiene poco a poco en cada una de las paradas va conociendo a todos los que se alinean en la acera para entrar en cuanto las puertas se abran. Así pasan todos esos rostros uno a uno por su mirada, tan dormida, pues aún es pronto y la noche nunca alcanza demasiado. Así los ve, cada vez más lentos, cada vez con más tiempo, pues el tranvía va frenando y muere al cabo, rindiéndose y abriendo todas sus puertas a la vez, en una coreografía perfecta, con un sonido mecánico y calcado parada tras parada; y salen entonces unos cuantos que van con prisa a sus trabajos, y entran otros tantos que rápido buscan asiento, y entra además el frío del invierno, que le incomoda más ahí dentro que allá afuera; por intruso, quizás, no lo sabe.

Algunos rostros se repiten de los días anteriores; otros son nuevos. La ciudad no es grande pero él recién ha llegado, aunque imagina que al final acabará conociendo a la mayoría. La cabeza apoyada en el cristal, la capucha sobre la cabeza, el abrigo aún abrochado y la mochila entre sus brazos, se encoge y se mima, se da calor: odia tanto las mañanas. Nunca sabe cuántas paradas van. Ha de ir hasta la última y eso le despreocupa, así que veces se sumerge en un duermevela cálido del que al rato le despoja el ruido maldito de las puertas abriéndose con estruendo otra vez, el jaleo de tanta gente que va y viene sin quererlo, y el frío que entra traidor y le castiga sin motivo.

A ella la vio llegar con prisa a la parada, cuando el tranvía ya había cerrado las puertas. Se acercó a una de ellas, la más cercana a él, y apretó sin mucha fe el botón que ha de abrirlas. Ella se sorprendió al ver que la puerta respondió, que se abrió de nuevo y le dejó entrar, y él, que observaba todo en su postura de siempre se sintió aliviado sin entender por qué; o entendiéndolo, pero sintiendo un poco de vergüenza: ella le había gustado. La siguió con la mirada y se puso nervioso cuando vio que se sentaba enfrente, al otro lado del pasillo, en un asiento libre junto a un hombre del que rápido sintió envidia; aunque no tanta, porque él, desde ahí, podía verla mejor que nadie.

Sin embargo, no sabe mirar así, directamente, sabiendo que puede ser mirado, descubierto, ruborizado, expuesto. Además, él no debe mostrar que le gusta; es más, se fuerza a ser indiferente ante la belleza ajena, en la creencia estúpida de que la belleza no debe ser celebrada, y mucho menos corroborada a quienes la ostentan. Así vuelve a su mirar habitual a través de la ventana, aunque es ahora un mirar hueco, porque está pensando en ella e intentando adivinar a través de la desenfocada figura que su campo visual le ofrece hacia dónde mira ella, si es que acaso le mira a él, si lee, si juega con el teléfono: qué hace.

Se la juega un par de veces con unas miradas furtivas que no le sirven para mirar ni para ser mirado. La primera recorre el vagón entero y pasa distraídamente por ella, que busca algo en su bolso con una mano y se ordena el pelo detrás de la oreja con la otra. Le sirve para corroborar que es guapa, que le gusta, pero rápidamente vuelve a su ventana, a su mirar nervioso, a intentar encontrarla en los reflejos de los cristales de la calle. La segunda mirada es más rápida que la primera, un giro espontáneo de cuello, ida y vuelta, y tiene únicamente la intención de sorprenderla mirándole a él: no se da el caso.

Pasan varias paradas; nada cambia; nada ocurre. En el ajetreo de la gente entrando y saliendo decide volver a mirarla, como si mirase a todos pero a ninguno. Ya no le importa el frío, ni siquiera repara en él. La fija en su objetivo un rato, la escruta; pero ella no se inmuta, o no quiere inmutarse, igual se sabe observada, igual le da vergüenza, igual no se da cuenta, igual le da igual. Qué podría decirle yo, se pregunta. Jamás lo harás, se contesta. No sabe encontrar las palabras; no quiere forzarlas, incluso piensa que no existen.  Vuelve a su mundo de afuera, pero sumido más que nunca en aquel vagón de cabecera.

La ve entonces recoger sus cosas; se aproxima una parada. Durante esos segundos cierra los ojos, se maldice, se odia por ser tan cobarde y se recuerda igual de idiota en otras tantas ocasiones. Se castiga en silencio y se promete, de nuevo, que será la última vez, que ha de superar su miedo, que no pierde nada más que un poco de dignidad, quizás ni eso; no hay que ser tan drásticos. En la vida hay que jugar, carajo, que luego nos arrepentiremos. La ve levantarse al fin. Decide intentarlo por última vez con el recurso inútil de la mirada débil. Se decepciona al ver que ella siquiera le mira, que está de espaldas. Y de repente lo entiende todo. Ella no se para aquí, ella no se baja, solo se ha levantado para dejar pasar al señor que tenía al lado; y mírala qué guapa, cómo se vuelve a sentar, y hasta le ha sonreído al hombre: además es simpática, joder, qué cosa.

Pero la alegría acaba pronto; él se hunde, voltea su cabeza cuando descubre la realidad triste de su vida repleta de miedos, se sumerge ahora sí en su mundo de afuera, y ya no le importa lo que ve de reojo, ni le importa ella, ni el frío de las siguientes paradas. Ahora solo piensa en su cobardía tremenda. Ahora sólo piensa en cómo justificarse para no sentirse mal por todo eso que se acababa de jurar; para no entender que da igual cuántas ocasiones tenga de hacerlo porque en todas y cada una que se le presenten, pasen segundos, minutos o meses, siempre actuará igual: esta vez tampoco irá.

Ahora ella ocupa el asiento del señor al que dejó pasar y observa distraída a través de la ventana. Al cabo de varias paradas, ella agarra de nuevo sus cosas, cierra el bolso, se levanta y camina hacia la puerta, frente a él, que sigue mirando por la ventana, triste y avergonzado de tan traicionado por si. Ya no se atreve a mirar. El ruido de las puertas suena más débil esta vez, y la ve alejarse entonces y para siempre. Suspira, golpea suavemente su cabeza contra el cristal y abraza más fuerte que nunca su mochila mientras la gente que va entrando se sienta aquí y allá, y el frío vuelve de nuevo a su vida y le castiga más que nunca.

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2 thoughts on “Otra vez

  1. Esto nos ha pasado a todos! Pero el prota del artículo se lo toma más en serio de lo normal jaja Queremos otro artículo demostrando que se ‘ha atacado’ y explicando qué pasó!

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