Vaya Ud. a saber

Zumo de bote

Es curioso: nos hemos acostumbrado a comer mierda. Es más: nos hemos acostumbrado a ella en general, hasta el punto, casi, de preferir comer mierda a comida sana, orgánica, sostenible; o cómo sea. De algún modo nos han conquistado desde pequeños con su chocolate industrial, con sus salsas edulcoradas, con su carne de laboratorio, con sus patatas de bolsa, con sus dulces dulcísimos, con sus sopas de sobre, con su atún en lata, con su pan de molde, con su tomate sin tomate y con un sinfín de apaños más de empresas que lucharon por adaptarse a un mundo que demandaba rapidez y efectividad a bajo coste.

Parece que supieron hacerlo; y así nos va a muchos que nos sorprendemos comiendo cosas de mucha calidad con un sabor aparentemente peor – quizás no peor; tan sólo menos sabroso – que sus homólogos ‘industriales’. Por eso esta hamburguesa orgánica está bien, sí, pero prefiero las de allí – sin hacer publicidad –, y a esta ensalada con productos de una huerta sostenible le falta algo, no sé, esa otra que venden allá está más rica, tiene más chicha, y la fabada del norte natural está buena, pero me la esperaba más como la de lata, que no veas si sabe bien, y los quesitos éstos para untar están de muerte así que aleja ése de granja que huele a pie, coño, y entre tomate casero y kétchup, kétchup, por favor, y el zumo mejor de bote, si se puede; y el de esta marca, en serio, que es épico.

Es curioso: pasa lo mismo con España, ya ven. Durante muchos nos engancharon a los jóvenes – y no tan jóvenes – con sus artificios de país próspero: con sus salarios dulces, con su crecimiento ficticio, con su consumismo exagerado, con sus vacaciones en el mar, con sus hipotecas asequibles, con sus créditos fáciles. Algunos – creemos saber bien quiénes – crearon un país tan perfecto como artificial, y nos conquistaron, nos agasajaron, nos hicieron sentir importantes. En cierto modo nos gustó, joder, y nos llegamos a acostumbrar; qué cosa.

Y así nos va a muchos de nuevo, que nos sorprendemos viviendo en otros países, lejos de todos los que alguna vez fueron algo para nosotros, sobreviviendo entre el frío y la soledad, con salarios decentes por los que mataríamos en España – sólo algunos afortunados -, con amistades efímeras y con muchas cosas más; pero sin todo. Esta realidad se nos muestra como la lógica después de tantos años viviendo en la burbuja. Es, acaso, lo más natural después de tantos años de especulación que no quisimos ver – muchos no supimos -, después de tantos años de falsos día a día, después de años y años de capitalismo edulcorado y exageradamente agresivo.

No nos pueden culpar de habernos acostumbrado a vivir bien, tan por encima de nuestras posibilidades – como acusan con sorna los que realmente vivieron por encima de las suyas -, tan enajenados. Nos habituamos a vivir de esa manera y ahora, ya en la realidad de nuestros tristes día a día, ya en la realidad de un país roto, ya en la realidad de una sociedad dividida y con miedo, queremos, de algún modo, volver a ese artificio que tantas falsas felicidades nos trajo. Y volver ver a la gente sonreír; vivir sin miedo.

Le decía Arturo Pérez-Reverte a Jordi Évole en uno de los últimos Salvados que la mayor parte de la gente quiere que termine esta crisis para volver a vivir exactamente igual que como vivían antes de ella. Es decir: conseguir créditos, meterse en hipotecas, irse de vacaciones a Cancún y tener ropa de marca. Amén. Y asusta que seamos capaces de tropezar otra vez con lo mismo – si bien es harto probable que así fuese -: acojona pensar que después de esta lección seguiremos defendiendo al papel por encima del hombre, y que cuando volvamos de currar y entremos en nuestra lujosa cocina de una casa comprada a crédito, abramos nuestra nevera de marca con fotos de nuestro último viaje al caribe y, con el hambre voraz y caprichosa que nos caracteriza, elijamos cenarnos delante de la tele una sopa de sobre, pan de molde con queso de untar, jamón industrial, unas patatas fritas de bolsa bien aliñadas con ketchup y para beber zumo de bote, de éste, que es épico.

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