De viaje, Fotostón

“Pues no mucho”

Mi chica me vino a buscar una tarde a la salida del trabajo. “Creo que he escuchado a un gato bebé dentro de una caja en la calle” me dijo al poco de vernos: “pero no me he atrevido a abrirla por si estaba también la madre, o algo”. Hicimos varias tareas después, ya no recuerdo qué. Al volver a casa pasamos por el sitio donde ella había visto la caja. La caja seguía maullando; un maullido leve, opaco, con una cadencia angustiosa, una llamada a una madre que ya no estaba. Al abrir la caja vimos un gato blanco y negro, feo, muy feo, sucio de la leche que alguien le había puesto en un cuenco y que habría volcado una y mil veces, y con el olor las sobras de pescado con las que también se había rebozado en sus intentos imposibles por escapar de aquel zulo húmedo.

Gatos en Tailandia los hay por cualquier calle, de todos los colores y tamaños. No pasan hambre; la gente los alimenta y respeta. Así que a nadie parecía importarle aquella caja maulladora, menos a nosotros, y a una joven tailandesa que nos sorprendió al llegar con una gata en las manos, negra, más bonita, más sana, que sus padres no le habían dejado quedarse y que devolvía a la caja y a junto de su hermano con una tremenda pena. Tenían como mucho tres semanas de vida, habían caído de un tejado el día anterior, y hubiésemos apostado mucho dinero a que el gato más débil, el blanco y negro, no hubiese sobrevivido una noche más ahí.

Se me ocurrió escribirle por Twitter a Frank de la Jungla; le pregunté qué podía hacer con aquellos gatos. Sigue leyendo

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