De viaje

La bise

La bise es un viento que baja de las montañas y viene a jugar a la ciudad, porque allí arriba se aburre; no hay nada. Y aquí encuentra de todo, la urbe entera para él y aprovecha su tiempo jugando bruto entre nosotros, como un niño mal educado.

La bise es un alboroto que se cuela por las calles con un ruido de motor de coche que asusta a los que caminamos. Es un bullicio invisible que vuelca travieso contenedores y bicicletas mal aparcadas, y algún niño o anciano si el día le pilla malo. 

La bise es un desorden que agita los árboles con bravura. Un sicario del invierno que se folla al otoño y deja el suelo repleto de hojas, que son acaso sus sellos; un manto verde y amarillo que alfombra la Ginebra más gris con colores cálidos.

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Vaya Ud. a saber

Llorón

Bien sabe mi madre que desde pequeño es el que más me gusta. Bien lo sabe porque se lo repetí mil veces, y hasta ella me respondía con automatismos de madre fatigada cuando, sin motivo alguno, le volvía a preguntar, mamá, ¿sabes cuál es mi árbol favorito?. Y ella asentía mientras caminaba, sin siquiera mirarme, o seguía conduciendo sin el más mínimo interés por una conversación trillada. Sí, hijo, sí: el sauce llorón.

Hoy escribo desde Ginebra, Suiza, y a mi derecha, a través de la gran ventana del salón veo un sauce majestuoso en el jardín del vecino. Siempre me siento aquí por las mañanas. Debe medir algo más de diez metros, y sus ramas caídas y amarillentas mezclan en las pinceladas de cada una de sus hojas varios verdes hipnóticos. Es más bonito cuando lo ilumina el sol, pero hoy hay nubes; sopla el viento. Así que las ramas se mueven de un lado a otro, pendulando tímidas, un poquito, como un gran banco de peces calmo, y algunas caen y reposan sobre el seto que separa las dos casas.

Es su densidad vencida lo que me atrae, su tristeza orgullosa, su pose apesadumbrada, su desaliño exquisito. Como un símbolo, tal vez como un mártir natural, se alza mohíno y bello, y nos recuerda entre lágrimas verdes que, pese a nuestras ganas de esconderlas a la memoria y pese a nuestros artificios de felicidad impuesta, las cosas tristes son quizá las más bonitas.

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