De viaje

Solo un par de anécdotas

Me gustan los tranvías, los metros, los autobuses, los trenes; no tanto los aviones. Me gusta viajar, el proceso del viaje, la paz de esperar y observar afuera; qué hay, qué ves; las carreras de gotas cuando llueve, la fugacidad de los objetos tras la ventana. Hablando de esto siempre recuerdo una historia que mis padres me cuentan cada tanto con ese amor con el que los padres nostálgicos hablan de sus niños pretéritos. Viajábamos en coche, no sé hacia dónde porque yo era muy pequeño. La carretera iba entre prados extensos y yo, que ya alcanzaba a mirar a través de la ventana, entusiasmado, anuncié “¡mirad, mirad: vacas!”. Cuando el resto del coche oteó aquellos prados no encontró ninguna vaca, ni ningún ser vivo que se pareciese siquiera a una vaca. Ni una puta cabra, ni un puto caballo. Siquiera un perro, un gato, un conejo; nada. Solo verde extenso. Ríen cuando lo cuentan: la idea es que hasta entonces, cada vez que ellos nos habían dicho “mirad, niños, vacas” yo, de tan pequeño, gastaba tanto tiempo en asomarme a mirar que cuando por fin tenía el cristal delante de mis narices lo único que veía tras él era campo, campo infinito. Y eso eran para mí las vacas.

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Vaya Ud. a saber

Otra vez

Va sentado de espaldas a la dirección de marcha, en la hilera de asientos individuales, al lado de la ventana, casi en la cabecera. De modo que cuando el tranvía se detiene poco a poco en cada una de las paradas va conociendo a todos los que se alinean en la acera para entrar en cuanto las puertas se abran. Así pasan todos esos rostros uno a uno por su mirada, tan dormida, pues aún es pronto y la noche nunca alcanza demasiado. Así los ve, cada vez más lentos, cada vez con más tiempo, pues el tranvía va frenando y muere al cabo, rindiéndose y abriendo todas sus puertas a la vez, en una coreografía perfecta, con un sonido mecánico y calcado parada tras parada; y salen entonces unos cuantos que van con prisa a sus trabajos, y entran otros tantos que rápido buscan asiento, y entra además el frío del invierno, que le incomoda más ahí dentro que allá afuera; por intruso, quizás, no lo sabe.

Algunos rostros se repiten de los días anteriores; otros son nuevos. La ciudad no es grande pero él recién ha llegado, aunque imagina que al final acabará conociendo a la mayoría. La cabeza apoyada en el cristal, la capucha sobre la cabeza, el abrigo aún abrochado y la mochila entre sus brazos, se encoge y se mima, se da calor: odia tanto las mañanas. Nunca sabe cuántas paradas van. Ha de ir hasta la última y eso le despreocupa, así que veces se sumerge en un duermevela cálido del que al rato le despoja el ruido maldito de las puertas abriéndose con estruendo otra vez, el jaleo de tanta gente que va y viene sin quererlo, y el frío que entra traidor y le castiga sin motivo.

A ella la vio llegar con prisa a la parada, cuando el tranvía ya había cerrado las puertas. Sigue leyendo

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