Vaya Ud. a saber

El lobito bueno

Siempre tengo la misma sensación cuando los veo: me pongo nervioso, intranquilo, se me acelera el corazón; me incomodo. Cómo es posible, me pregunto cada vez, si debería ser al contrario. Por qué esta sensación de inseguridad, joder, si ellos son la Policía: el cuerpo de seguridad del Estado.

¿Por qué me atacan todas estas emociones de mierda al verlos si debería ser al revés? ¿Por qué no siento tranquilidad, seguridad, amparo, respeto y todas esas sensaciones que debería entrañar cuando pasan a mi lado esos vehículos blancos y azules? ¿Por qué me asustan sus luces? ¿Por qué temo tanto sus sirenas, sus trajes, sus porras, sus cartucheras, su caminar, su carácter? Mourinho… ¿por qué?

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Vaya Ud. a saber

Tacones

Baja a buen paso por Cavanilles; no se detiene, no acelera, no decelera. La cadencia es constante, el taconeo firme. Parece una mujer morena, de cuerpo ancho, esbelta. Tiene dos hijos que lo son todo y que ahora duermen, espera ella, porque los ha dejado solos. Trabaja vendiendo algo, no sé qué, pero se le da bien, porque su rostro es serio y cuando habla transmite confianza. No le gusta trabajar, y menos trabajar para otros, pero ya no le queda otra y aceptó con resignación que los niños eran más importantes que ella: ‘angelicos’. Estuvo casada; ya no, y duerme mucho más tranquila desde entonces. Se conocieron jóvenes y se quisieron cada instante, pero el tiempo agobia y caduca y, al cabo, discutían por todo. Lo que les separó de verdad – quién hubiese apostado – fue que él no quisiese adoptar un perro mientras ella insistía en que sí, cariño, sería bueno para nosotros. Quizás fue una excusa, ella aún no lo tiene claro: lo cierto es que después de cuatro años sola sigue sin adoptarlo. Muestra una belleza extraña: el pelo es incorregible de tan rizado, aunque a ella no le importa y lo luce con encanto. La frente es alta. Tiene una cicatriz encima del párpado de algún golpe que se dio de pequeña; un arañazo de un gato, quizás, o una rama de un árbol que le arañó mientras corría: nada grave, sólo que los años ensancharon la marca que ni el maquillaje esconde. La nariz es divertida, adjetivo extraño para una nariz. Tiene una boca bonita y una mandíbula desordenada que le obliga a sonreír poco, y quizás por esto aparenta ser la mujer que es hoy en día: seria, preparada, firme, capaz de caminar así a las 3 de la mañana mientras yo escucho el ritmo de sus tacones a través de la ventana abierta y la imagino tumbado en mi cama hasta que el ruido se diluye calle abajo.

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Tan poquita cosa

Qué tan delgado es ese hombre que apenas ocupa medio asiento en el Metro. Qué tan poco puede pesar. Es alto, sin embargo, y feo: tiene la cara lánguida, se le marca la mandíbula y los ojos se le escapan. Barbilampiño y cano; la barba le desmejora, le suma años. Lleva unas gafas pequeñas que le sobran por todos lados y viste una camisa blanca remangada y un pantalón de traje que no llena de ningún modo. Las venas de sus brazos pálidos se marcan de arriba abajo, y si te fijas bien creerás percibir el bombeo de su corazón, imagino, minúsculo. Genera un aspecto tierno, no por enfermizo, sino por débil, extraño, frágil. La mirada tan concentrada como perdida en su móvil: parece que juega a algo, quizás escribe, y balbucea mientras lo hace, como repasando, como queriendo entenderlo todo. Necesita oírse, saber que está ahí. Normal: tan poquita cosa.

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De viaje, Vaya Ud. a saber

Me voy

Dejo mi trabajo, que estoy muy loco. Me voy, lo siento, pero ya no aguanto más. Cansado de no ser útil en un país que tampoco es mío (porque ni siquiera el mío es mío), cansado de tardar años hacerme entender, cansado de estar despierto hasta las 5 de la mañana para ver la Champions, cansado de esperar hasta las tantas para que os vayáis despertando al otro lado del mundo, cansado de ese tráfico que todo lo abarca, cansado de la vida de oficina, cansado de esta silla, de esta mesa, de este teclado; cansado de este tedio que por fin acabará el viernes. Y cansado de mi, también; por no ser quien quiero ser, creo, por no luchar – un poco más -, por traicionarme a cada rato, por pensar más de la cuenta, por no saber decidir, por tener dudas, tantas dudas, qué de dudas, carajo, qué de dudas.

Así que me voy de aquí, a probar, a vivir otras cosas; quizás a arrepentirme en un futuro, aunque no creo. Viajaré un poco por aquí, y volveré al cabo a Madrid, haciendo acopio de fuerzas para no dejarme vencer por sus días de verano inhóspito, y haciendo acopio de ganas para gozar en sus noches de verano espléndidas. Volveré con ganas de todo: de veros, de estudiar, de trabajar, de tumbarme en mi cama, de no hacer nada en mi casa, de mirar la tele sin verla mientras como con mi padre en el salón, de decirle a mi madre que deje de fumar de una vez, de pasear a esos dos perros que no son míos pero casi, de cagarme en la puta por tener que bajar a pasearlos luego, de los sábados de gula en casa de mis abuelos, de mi querida Galiza, de Campoamor, de Madrid vacío y con sitio para aparcar. Y volveré, sobre todo, con ganas de materializar alguno de los muchos proyectos que uno idea cuando se aburre ocho horas al día tras un escritorio de oficina y no mucho quehacer.

Me voy con pena, eso sí, porque me gusta este país, e incluso esta ciudad; qué cosas. Me gusta su gente, su estilo, su otro estilo, sus muchos estilos más. Me gustan muchas cosas de las que ya hablaré a la vuelta y en las que pensaré echando de menos, que es como mejor se valoran; ya sabéis. Será otro aburrido post nostálgico. Qué asco.

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De viaje

Frío

Hoy he vuelto a sentir frío. Llevaba más de seis meses sin sentirlo, y creo que lo echaba en falta. Ha sido al salir de la ducha, como en un invierno de Madrid, pero en Bangkok. También es invierno aquí; 26 grados y el sol abarcando el cielo. Ha sido extraño, sobrecogedor. Me ha pillado de sorpresa, pero me ha gustado. Me ha hecho recordar: había olvidado el frío.

Las duchas en la mañana siempre son un alivio contra el calor pegajoso con el que amanezco. Mi habitación está orientada al este, y entre las cortinas – no hay persianas – de su enorme ventanal se cuela la rabia del sol naciente y me hace sudar los sueños; me despierta. Por eso el frío que alguna vez he sentido en Bangkok ha sido culpa de los aires acondicionados. Los taxis, los centros comerciales, algunos restaurantes, los autobuses también, todos están llenos de este frío; frío artificial e incómodo.

Lo mejor de los inviernos son las mantas. Me gusta estar arropado; la sensación de una colcha calentándome, la sensación de la cama fría que se calienta poco a poco y de la que no quieres volver a salir nunca, envuelto como una crisálida en ese edredón que es entonces más casa que tu casa propia. Me gustan las duchas tórridas, las de piel roja, esas que llenan de vaho los espejos donde escribir mensajes o dibujar escafandras alrededor de tu cabeza para sentirte Jim Carrey en El show de Truman. Me gusta usar las dos toallas de casa para secarme, y que mi padre se cabree porque las dos están mojadas. Me gusta caminar abrigado, y bajar a por pan sin quitarme el pijama cuando me visto. Me gusta entrar en un bar y no quitarme el abrigo hasta que el calor se me hace insoportable. Me gusta salir en manga corta para hablar con los que fuman, pero apenas un minuto; casi una travesura. Me gustan las siestas de sofá y manta; el cine de sofá y manta; el fútbol de sofá y manta. Me gusta saber que el frío esta fuera, y yo dentro, en casa, sin tener planes y sin querer tenerlos. Me gusta el invierno de Madrid; frío de verdad e incómodo.

Hoy he vuelto a recordar, he vuelto a sentirlo. Y he querido que nunca se me olvide el frío, por favor, pues habré de odiar el calor durante el resto de mis días tórridos.

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Muñón necrosado

Leo sobre España, si me atrevo, y me avergüenzo de lo que leo. Veo sobre España, si me quedan ganas, y me avergüenzo de lo que veo. Y no vengo a hablar de medios de comunicación que faltan a sus principios mientras escriben sobre no hacerlo. Ni sobre la conocida clase corrupta (y dicen que política) del país donde ya no vivo. Hoy hablo sobre los sicarios de azul que revientan cráneos cada vez que tienen ocasión. Hablo sobre esos perros de presa que salen a la calle sin bozal ni correa, ni siquiera identificación, como la ley que creen representar dice que deben. Hablo sobre esos seres de porra, casco y escudo que van en grupo – pues solos no se atreven – y hasta arriba de protecciones, blandiendo una porra y escondiendo tras su armadura la falta de cerebro y alma. Hablo sobre este ‘brazo’ del estado que a día de hoy no es sino un muñón necrosado.

¿Cómo es posible que la mayoría de los ciudadanos nos sintamos inseguros cada vez que divisamos a los cuerpos de seguridad? ¿Quién tiene la culpa de esta contradicción social? ¿Por qué ese ser que golpea y atiza sin pudor a niños, adultos y ancianos es válido para defenderme (y atacarme) en las calles que él y sus secuaces ya creen suyas? ¿Quién conforma este ejército de bandidos sanguinarios que disfrutan de la vida real y de las desgracias del resto como disfrutaban de los videojuegos sangrientos a los que seguro, pues para más no deben dar, jugaban en modo fácil cuando fueron niños sin infancia? Sigue leyendo

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De viaje

40 grados

Suelo comer sobre la una, y normalmente en un sitio de sopas, aquí al lado, apenas un minuto andando. La semana pasada me hice amigo de un gato, aunque los gatos no saben de amigos, es gris, joven, tiene un cascabel en el cuello y he decidido, en un ataque de morriña, quizás, que se llama Félix. El gato debe ser de los dueños del local, aunque los gatos tampoco saben de dueños, y juega y retoza por debajo de las mesas mientras los clientes comemos. Es gracioso; un gato en un restaurante, ya ves tú. Pero hoy, ¡ay hoy!, cuando he vuelto a ver a mi amigo Félix tumbado en mitad del local, rebozando su lomo en el suelo, rascándose quizás con la porquería que abulta en el piso, y de repente ¡zas!, alerta Felix, qué demonios es eso, es una rata, Felix, una enorme rata que camina por el local, y tú has ido a por ella, Félix, claro, está en tu territorio, y es una rata, y tú un gato, y la rata no se ha ido por donde ha entrado cuando te ha sentido llegar, qué va Felix, la rata te ha chuleado y ha corrido por debajo de las mesas, incluso por debajo de la mía, y tu detrás, Félix, detrás de ella sin poder cazarla porque aún eres joven, Félix, qué pena, me hubieses contrariado la sensación de asco con una sensación de admiración si la hubieses cazado, qué lástima, de veras, que te has quedado quieto, Félix, cuando la rata ha huido por la puerta de atrás, y tú bajo mi mesa, agazapado, mirando sigiloso hacia esa puerta, como si ya nada en el mundo importase, esperando de nuevo a ese roedor peludo de cola larga casi más grande que tú, Félix, no por tu juventud, que también, sino por su gran tamaño, Félix, vaya pedazo de rata, y qué rápida, carajo, que igual te hubiese comido ella a ti, amigo, quién sabe, y qué haría yo sin ti aquí, que juegas conmigo mientras el resto hablan en este idioma tan raro y difícil, que suena más rápido que 3 españoles borrachos tratando de llevar la razón, y por eso me gustas, Félix, valiente, vaya pedazo de rata, que apenas me ha dado tiempo a verla a mi, Félix, imagínate a perseguirla como tú, amigo mio, has sido el héroe, todos mis respetos, Félix, mañana igual le das castigo, así que sigue retozando, claro, que para eso eres un gato.

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Mi vida es una gran mentira

Pensaba que no, pero sí. Lo cierto es que llevaba años luchando contra la idea de que la publicidad, de algún modo, me influía. Luchando contra el hecho claro de que yo no compraba por impulso, sino por necesidad. Luchando contra el esperpento de ser una oveja más del rebaño pastoreado por los perros del capital. Pero esta noche me he dado cuenta de que, al fin, he sucumbido: la publicidad ha cambiado mis costumbres.

Vivo en un barrio bien, con una familia bien; aunque sin perro. He mamado televisión, en dosis justas (gracias a le censura – por entonces despótica y hoy agradecida – de mi madre) desde pequeño. Vivo sano, creo, y no tengo mayores miedos que los que atormentaban a los galos de Goscinny y Uderzo: que el cielo caiga sobre mi cabeza. Desgasté el patio y las mesas de dos colegios, enfrentados en mi barrio, uno público y otro concertado. Terminé el bachillerato en un instituto progre y me he manifestado por tantas cosas que apenas recuerdo algunas. He viajado por menos mundo del que me gustaría; pero he viajado, que ya es algo. Y acabo de licenciarme, pese a las reticencias del sistema educativo en haberme dado cinco años de placer y no de bodrio, como es el caso.

Así que durante los 23 años – casi 24 – de mi vida nimia y anodina, me he educado más o menos bien, a gusto del sistema y a disgusto con el mismo, aunque tampoco he hecho demasiado por cambiarlo. Siempre me he creído un poco apartado de él; quizás algo por encima. Falso. Y prueba de ello era lo que venía comentando al principio. Sigue leyendo

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