Vaya Ud. a saber

Animales (música) en las Noches del Botánico

¡Nos vamos a tocar a las Noches del Botánico!

El día 13 de julio, antes del concierto de James Rhoades, estaremos haciendo algunas canciones de Animales (música) en un escenario para bandas emergentes.

Os dejamos el cartel.

Recordad que podéis seguir a Animales en el Twitter (Animales_musica) y en el Facebook (animalesmusicaoficial)

Animales, música, grupo, banda, canción. 

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Animales musica
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Animales (música)

No sé por qué aún no he hablado de esto aquí. Animales es un grupo de música nuevo y con el que espero que pasen cosas muy bonitas.

Os dejo unos cuantos vídeos de Animales Música mientras seguimos haciendo canciones.

Animales – Ceniza y Alquitrán

Animales – Anna

Animales – Del mismo modo

Animales – Diciembre

Os animo a compartir los vídeos si os gustan.

Podéis seguir la música de Animales y sus futuros conciertos en Facebook y en Twitter.

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El hombre que nació dos veces

Hace algo más de cinco décadas, durante una comida familiar, anunciaste con inocente alegría que tu madre, allí presente, cumplía 40 años aquel día de abril. Sorpresa la tuya, claro, cuando acto seguido ella se encargó de ponerte la cara colorada: recibiste una reprimenda – merecida – por semejante comentario, y un silencio incómodo inundó aquel comedor de tu infancia. Hoy, acobardado tras la pantalla de este ordenador desde el que te escribo, y casi con más inocencia que tú, me atrevo a anunciar que es el día de tu 60 cumpleaños. Sé que no te enfadarás, al menos no mucho, así que ahí va: felicidades. 

Podría decir, incluso, que hoy cumples 119 años porque tú eres uno de los pocos hombres del mundo que nació dos veces. Debe ser una de las anécdotas que más he contado a mis conocidos: Sigue leyendo

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Amnestesia

Inventarse palabras
por ejemplo:
Amnestesia.
Dícese del estado de inconsciencia al que lleva no recordar.
O explicado de otra manera:
es el placer que significa no saber
no entender
no preocuparse,
ni asomarse a los problemas que la vida nos regala,
que son muchos
y complejos.
Vivir como un niño,
sin memoria a largo plazo,
tan siquiera a corto,
y ser feliz en ese duermevela cálido que provoca la ignorancia.
E inventarse palabras,
por ejemplo:
Amnestesia.

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Mamá, lo siento

Hola mamá;

si te escribo estas líneas es porque no encuentro otra manera de confesarte todo lo que vengo a decir. No quiero verte decepcionada, ni triste, ni enfadada. Aunque seguro que sabrás perdonarme, igual que siempre hiciste. Soy un cobarde, es cierto, pero no te preocupes que eso no lo aprendí de ti.

Estoy seguro, pese a todo, que ya intuyes de lo que vengo a hablarte, que ya lo has notado tras los últimos años, y que mientras lees estas líneas solo confirmas lo que ya sabías. Así que sí, mamá; es verdad, tienes razón, correcto, lo corroboro, me confieso: te he engañado.

Te he engañado mucho todo este tiempo de ausencia: ya no desordeno para ti. Sigue leyendo

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Los miedos de Gabo

Qué susto me has dado, idiota. La noticia de tu hospitalización me ha hecho temblar un poco, respirar más lento, entrañarte hondo. Lo cierto es que nunca he sentido demasiada admiración por demasiadas personas, menos aún en el complejo mundo de la literatura. Quizá solo estáis tú y Quino, tan mayores; tan diferentes. Y ayer noté que te ibas un poco al fin, que la vida te había vencido, y he sentido la necesidad de escribir de ti y de escribirte a ti; aunque nunca me leas, Gabo, aunque nunca me sepas.

De ti

Si hay algo que caracteriza la obra de Gabriel García Márquez (aquí debería ir su lugar y fecha de nacimiento y muerte, pero él seguro que lo consideraría de muy mala educación) es el miedo. El miedo, en general, como concepto, como forma de comprender la vida. El miedo que todo lo rodea; ese miedo que todo abarca. El miedo a todo, tanto a lo nuevo como a lo desconocido. Y fue entre lo desconocido donde el autor encontró el peor de sus temores, quizá el más natural, pese a tan común: la muerte.

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El lobito bueno

Siempre tengo la misma sensación cuando los veo: me pongo nervioso, intranquilo, se me acelera el corazón; me incomodo. Cómo es posible, me pregunto cada vez, si debería ser al contrario. Por qué esta sensación de inseguridad, joder, si ellos son la Policía: el cuerpo de seguridad del Estado.

¿Por qué me atacan todas estas emociones de mierda al verlos si debería ser al revés? ¿Por qué no siento tranquilidad, seguridad, amparo, respeto y todas esas sensaciones que debería entrañar cuando pasan a mi lado esos vehículos blancos y azules? ¿Por qué me asustan sus luces? ¿Por qué temo tanto sus sirenas, sus trajes, sus porras, sus cartucheras, su caminar, su carácter? Mourinho… ¿por qué?

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De viaje

Solo un par de anécdotas

Me gustan los tranvías, los metros, los autobuses, los trenes; no tanto los aviones. Me gusta viajar, el proceso del viaje, la paz de esperar y observar afuera; qué hay, qué ves; las carreras de gotas cuando llueve, la fugacidad de los objetos tras la ventana. Hablando de esto siempre recuerdo una historia que mis padres me cuentan cada tanto con ese amor con el que los padres nostálgicos hablan de sus niños pretéritos. Viajábamos en coche, no sé hacia dónde porque yo era muy pequeño. La carretera iba entre prados extensos y yo, que ya alcanzaba a mirar a través de la ventana, entusiasmado, anuncié “¡mirad, mirad: vacas!”. Cuando el resto del coche oteó aquellos prados no encontró ninguna vaca, ni ningún ser vivo que se pareciese siquiera a una vaca. Ni una puta cabra, ni un puto caballo. Siquiera un perro, un gato, un conejo; nada. Solo verde extenso. Ríen cuando lo cuentan: la idea es que hasta entonces, cada vez que ellos nos habían dicho “mirad, niños, vacas” yo, de tan pequeño, gastaba tanto tiempo en asomarme a mirar que cuando por fin tenía el cristal delante de mis narices lo único que veía tras él era campo, campo infinito. Y eso eran para mí las vacas.

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De viaje

Lo que la rutina esconde

Hoy Ginebra ha amanecido claro, brillando con una luz amarilla pajiza, que es el color que regala el sol en los días de frío sin nubes. He ido al trabajo y allí he pasado la mañana, en el piso octavo de uno de los muchos edificios de oficinas que hay en esta ciudad, viendo tras las ventanas las montañas de cumbres nevadas y el cielo azul; tan claro. He cumplido con mi tarea y me he despedido de todos, como siempre: hasta mañana. La rutina de estos meses pasados me ha hecho sentarme en la parada a esperar al tranvía que me devuelve a casa después de atravesar la ciudad de punta a punta. Y, una vez dentro, me he dado cuenta de que no tenía a donde ir, porque nadie me esperaba en ningún lado. Hoy, por primera vez, no había niños que cuidar ni entrenamientos que hacer: absolutamente nada.

Me he bajado en la siguiente parada. Sigue leyendo

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