De viaje

Solo un par de anécdotas

Me gustan los tranvías, los metros, los autobuses, los trenes; no tanto los aviones. Me gusta viajar, el proceso del viaje, la paz de esperar y observar afuera; qué hay, qué ves; las carreras de gotas cuando llueve, la fugacidad de los objetos tras la ventana. Hablando de esto siempre recuerdo una historia que mis padres me cuentan cada tanto con ese amor con el que los padres nostálgicos hablan de sus niños pretéritos. Viajábamos en coche, no sé hacia dónde porque yo era muy pequeño. La carretera iba entre prados extensos y yo, que ya alcanzaba a mirar a través de la ventana, entusiasmado, anuncié “¡mirad, mirad: vacas!”. Cuando el resto del coche oteó aquellos prados no encontró ninguna vaca, ni ningún ser vivo que se pareciese siquiera a una vaca. Ni una puta cabra, ni un puto caballo. Siquiera un perro, un gato, un conejo; nada. Solo verde extenso. Ríen cuando lo cuentan: la idea es que hasta entonces, cada vez que ellos nos habían dicho “mirad, niños, vacas” yo, de tan pequeño, gastaba tanto tiempo en asomarme a mirar que cuando por fin tenía el cristal delante de mis narices lo único que veía tras él era campo, campo infinito. Y eso eran para mí las vacas.

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De viaje

Lo que la rutina esconde

Hoy Ginebra ha amanecido claro, brillando con una luz amarilla pajiza, que es el color que regala el sol en los días de frío sin nubes. He ido al trabajo y allí he pasado la mañana, en el piso octavo de uno de los muchos edificios de oficinas que hay en esta ciudad, viendo tras las ventanas las montañas de cumbres nevadas y el cielo azul; tan claro. He cumplido con mi tarea y me he despedido de todos, como siempre: hasta mañana. La rutina de estos meses pasados me ha hecho sentarme en la parada a esperar al tranvía que me devuelve a casa después de atravesar la ciudad de punta a punta. Y, una vez dentro, me he dado cuenta de que no tenía a donde ir, porque nadie me esperaba en ningún lado. Hoy, por primera vez, no había niños que cuidar ni entrenamientos que hacer: absolutamente nada.

Me he bajado en la siguiente parada. Sigue leyendo

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De viaje

La bise

La bise es un viento que baja de las montañas y viene a jugar a la ciudad, porque allí arriba se aburre; no hay nada. Y aquí encuentra de todo, la urbe entera para él y aprovecha su tiempo jugando bruto entre nosotros, como un niño mal educado.

La bise es un alboroto que se cuela por las calles con un ruido de motor de coche que asusta a los que caminamos. Es un bullicio invisible que vuelca travieso contenedores y bicicletas mal aparcadas, y algún niño o anciano si el día le pilla malo. 

La bise es un desorden que agita los árboles con bravura. Un sicario del invierno que se folla al otoño y deja el suelo repleto de hojas, que son acaso sus sellos; un manto verde y amarillo que alfombra la Ginebra más gris con colores cálidos.

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De viaje

He visto

Mucha gente viaja a través del objetivo de su cámara. Con prisa. Fotografía un monumento sin saber bien qué ve, a qué le toma esa foto, y se va en busca de otro monumento al que fotografiar. El ‘aquí estuve yo’ y el ‘mira ésta qué guapa’ a la vuelta de su viaje se ha convertido en el fin de esos viajeros que presumen de haber estado en setecientos países – ahí te claves todas las chinchetas de tu mapa – y de un muro de Facebook repleto de esas fotos que uno cuelga, a, para dar envidia y, b, para demostrar que sí, joder, para qué negarlo: soy un tipo guay.

Me toca la potra toda esta velocidad, todo este chuleo, todos estos ‘llegué ayer pero me voy mañana’. ¿Y a qué fin viajar tan rápido con esos macutos que lleváis, almas de cántaro? Que ni el peor huracán os levanta, borricos. ¿Por qué no te quedas aquí tranquila, muchacha, y guardas la cámara un minuto, carajo, y el móvil también, anda, que el mundo está ahí fuera, eh? Prometido. A veces ves más cosas si estás quieto, prueba, verás que fotos entrañas.

Dejadme compartir unas cuantas. He visto una ciudad donde la gente cabe sin querer. He visto puestos de comida destartalados y mugrientos sirviendo platos más ricos que los de los restaurantes de ricos. He visto hombres cagar en donde otros hombres limpian su vajilla. He visto coches en hilera hasta donde la vista no te alcanza y vuelta. He visto mercados más grandes que pueblos, en donde podrías comprarlo todo. He visto cucarachas como ratas, ratas como gatos, gatos como perros y más perros de los que hasta entonces había visto. He visto familias de seis subidos en una moto pequeña, y niños de seis años conduciendo motos grandes. He visto budas gigantescos bañados en oro; y budas tan diminutos como adorados esculpidos en jade verde. He visto al rey que más tiempo lleva reinando en todo el mundo. He visto sus palacios osados y los regalos increíbles de orfebres que se dejaron las manos durante décadas creando la obra perfecta; y he visto a las masas que le alegraron uno más de sus muchos cumpleaños encendiéndole miles de velas y pequeños globos de papel que iluminaron el cielo de Bangkok. He visto cabañas de bambú al lado de mansiones bárbaras, y chabolas que miran al sexto centro comercial más grande del mundo. He visto peleas honorables de niños y hombres sin miedo luchando por ser héroes en el deporte nacional. He visto calles abarrotadas y brillantes en donde puedes comprar gente. Sigue leyendo

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De viaje, Fotostón

De ruta

La primera escapada, por fin, ha durado 10 días. Hemos recorrido algunas zonas de Camboya. Visitamos los templos de Angkor, la última gran capital del imperio jemer y la construcción religiosa más grande jamás construida. Escapamos un día del foco turístico de Siam Reap, la ciudad más cercana a los templos, y nos zambullimos en la Camboya más rural, en donde los niños juegan desnudos en la calle y las casas se mantienen en pie quién sabe por qué milagro. Llegamos a la capital del país, Phnom Penh, y allí estuvimos tres días  reviviendo la barbarie de Pol Pot y los jemeres rojos. Para volver a Tailandia decidimos entrar por la provincia de Koh Kong, al sur, rodeada de las Cardamom Mountains y de una naturaleza explosiva que maravilla y absorbe. Antes de volver a Bangkok, nos bañamos con delfines en Chantaburi, una pequeña y encantadora ciudad en el sureste de Tailandia. Os dejo una pequeña galería de fotos que dará una mejor imagen que cualquier texto largo y aburrido que pueda yo escribir aquí.

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De viaje

Ser perro en Tailandia

Alguna vez he escrito sobre animales por aquí. Todas las referencias, sin embargo, se centraban en lo ‘bien’ que vivían los animales en Tailandia, sobre todo los gatos y los perros. Incluso en la inmensidad urbana de Bangkok, los animales viven de una manera salvaje, sin otros dueños que sus horas de sueño y sin la desgracia de que el hambre les arañe el estómago.

Pero la cara oculta, que nunca he visto, también existe. Hoy he leído este artículo en el Bangkok Post, y me ha devuelto a la realidad que uno cree menos real por no encontrársela día a día. En la provincia de Nong Khai, al norte de Tailandia, donde el curso del Mekong dibuja la frontera con Laos, un camión ha sido retenido por las autoridades Tailandesas. En él viajaban 92 perros enjaulados, dirección a un matadero en Ban Hua Had, según confirmaron los conductores, ya detenidos por transporte ilegal de animales. En ese mismo matadero, en el que se encontraron otra docena de perros enjaulados, la policía ha detenido al propietario, Mr. Yaem, que manejaba el lugar sin más licencia que sus santos cojones toreros. Sigue leyendo

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De viaje, Vaya Ud. a saber

Me voy

Dejo mi trabajo, que estoy muy loco. Me voy, lo siento, pero ya no aguanto más. Cansado de no ser útil en un país que tampoco es mío (porque ni siquiera el mío es mío), cansado de tardar años hacerme entender, cansado de estar despierto hasta las 5 de la mañana para ver la Champions, cansado de esperar hasta las tantas para que os vayáis despertando al otro lado del mundo, cansado de ese tráfico que todo lo abarca, cansado de la vida de oficina, cansado de esta silla, de esta mesa, de este teclado; cansado de este tedio que por fin acabará el viernes. Y cansado de mi, también; por no ser quien quiero ser, creo, por no luchar – un poco más -, por traicionarme a cada rato, por pensar más de la cuenta, por no saber decidir, por tener dudas, tantas dudas, qué de dudas, carajo, qué de dudas.

Así que me voy de aquí, a probar, a vivir otras cosas; quizás a arrepentirme en un futuro, aunque no creo. Viajaré un poco por aquí, y volveré al cabo a Madrid, haciendo acopio de fuerzas para no dejarme vencer por sus días de verano inhóspito, y haciendo acopio de ganas para gozar en sus noches de verano espléndidas. Volveré con ganas de todo: de veros, de estudiar, de trabajar, de tumbarme en mi cama, de no hacer nada en mi casa, de mirar la tele sin verla mientras como con mi padre en el salón, de decirle a mi madre que deje de fumar de una vez, de pasear a esos dos perros que no son míos pero casi, de cagarme en la puta por tener que bajar a pasearlos luego, de los sábados de gula en casa de mis abuelos, de mi querida Galiza, de Campoamor, de Madrid vacío y con sitio para aparcar. Y volveré, sobre todo, con ganas de materializar alguno de los muchos proyectos que uno idea cuando se aburre ocho horas al día tras un escritorio de oficina y no mucho quehacer.

Me voy con pena, eso sí, porque me gusta este país, e incluso esta ciudad; qué cosas. Me gusta su gente, su estilo, su otro estilo, sus muchos estilos más. Me gustan muchas cosas de las que ya hablaré a la vuelta y en las que pensaré echando de menos, que es como mejor se valoran; ya sabéis. Será otro aburrido post nostálgico. Qué asco.

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De viaje

Hacer la acera

Una acera de Bangkok es como la adolescencia: un lugar donde puede pasar de todo. Es difícil enumerar la cantidad de cosas que uno puede ver caminando por la capital de este país.

Empecemos, acaso, por lo que más hay: esguinces. Cientos de ellos, casi uno a cada paso. Las aceras son débiles, y el clima, el tiempo y las raíces de los árboles que han crecido por debajo con una persistencia insólita han levantado a tramos los adoquines y el conglomerado de este suelo inútil. Los agujeros y desniveles se extienden por la extensión abrumadora de Bangkok. Trae tobillera si vienes a pasear.

Se aconseja, además, un calzado cómodo y cubierto. ¿Por qué? Pues porque no es de extrañar ver hormigas grandes como cucarachas, cucarachas grandes como ratas, ratas grandes como gatos, gatos grandes como perros y perros, muchos perros; muchísimos. Podrás ver a todas estas especies paseando por la acera a cualquier hora. Mientras los gatos y los perros, bien alimentados por el pueblo tailandés, se dedican a descansar en cualquier rincón, las cucarachas y las ratas caminan más nerviosas por las zonas en donde la basura se acumula sin control ni recato. Llama la atención que en una ciudad tan grande y que genera tanto desecho – puestos de comida, venta ambulante, etc – no haya ni un jodido contenedor. La culpa, claro, es de los terroristas. Una oleada de atentados con bombas en los contenedores provocó que el gobierno decidiese retirarlos de las calles. Y se quedaron tan anchos.

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De viaje

Phasa Thai

El idioma tailandés, (literalmente ‘phasa thai’ – transcripcción de ‘ภาษาไทย’ -), es un idioma hablado por unas 60 millones de personas, que deriva de una familia de lenguas del sudeste asiático llamadas Tai Kadai y cuyo alfabeto deriva, sin embargo, del alfabeto camboyano, inspirado en la letra Brahami de las lenguas indo-arias. Un jaleo de cojones, vamos.

Olvidada la lección de historia sin sentido, que no recordaréis en menos de un minuto, vamos con, quizá, lo más significativo del Tailandés. Es una lengua tonal y analítica. ¿Y que quiere decir esto? Pues, simplificando, con tonal nos referimos (nótese el plural de modestia que nos marcamos – toma, y otra vez -) a que dependiendo del tono con el que cada sílaba o palabra es pronunciada, el significado de la misma puede variar. En el idioma thai existen 5 tonos: medio, bajo, alto, ascendente y descendente. De este modo, y para que sirva como ejemplo, lo que el resto de los mortales escucharíamos como ‘kao’, dependiendo del tono con el que se pronuncie, podría llegar a significar conceptos tan dispares como ‘blanco’, ‘noticias’ o ‘arroz’ (ขาว, ข่าว, ข้าว, respectivamente). Un jaleo de cojones, vamos.

Pero espera. No te dejes sorprender, que eso no es todo. Sigue leyendo

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De viaje

0,7%

Aparte de ‘qué hora es allí’ existen algunas – no muchas – preguntas que la gente que te sabe al otro lado del mundo (y concretamente en Asia) se atreve a formular. Que si ‘te has comido ya un bicho’ o que si ‘hace calor’ son algunas de ellas; quizás también comunes. Pero de vez en cuando, en alguna charla más extensa, surge una cuestión genérica – que no me atrevo a entrecomillar por no saber formularla – que suele referirse al desarrollo económico de la zona. A esa siempre respondo con la misma respuesta pedante y cimentada que creé al poco de llegar aquí, y que me dispongo a repetir: jamás había visto en mi vida un país tan orientado al comercio, al intercambio de bienes, a la compraventa, al consumo. Pero igual es porque no he viajado mucho.

De todos modos, es algo que se palpa, que se nota. Los síntomas de una economía se sienten, por supuesto, abajo, en el piso, allí donde caminan las vidas de verdad; en el día a día. Y si a nivel de calle (puestos de comida, puestos de ropa, puestos de cualquier cosa imaginable; restaurantes, tiendas de alimentación, imprentas, centros de masaje, talleres de vehículos, etc) el dinero se mueve a un ritmo tan frenético, a nivel de rascacielos y oficinas bancarias debe ser espectacular; casi agobiante.

Va un dato: a mediados del 2012, Tailandia tenía una tasa de desempleo inferior al 0,7%. Un escándalo. Sigue leyendo

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De viaje

Luces de ciudad

Bangkok tiene capacidad para dos millones de vehículos, pero se cuentan más de siete. Los atascos kilométricos son algo normal, y como ya he dicho alguna vez, están tan asumidos que nadie tira de claxon ni le menta la madre al de delante. Si en Madrid – Sabina dixit – se habla de una boina de contaminación que cubre la ciudad y que se ve desde las afueras, aquí tendríamos que hablar de un gorro, un casco, un paraguas, una sombrilla, un toldo o qué se yo.

Las primeras horas de la mañana y las últimas de la tarde son las más críticas en esta ciudad, si es que no lo son todas. Un mar de luces alineadas se extienden a lo largo de las carreteras y autopistas e iluminan este prostíbulo repleto de coches modernos o manidos, de motos que regatean los atascos, de tuc-tucs sin puertas en los que respirando se te va la vida. Hay semáforos que aguantan más de cinco minutos cerrados y que se abren apenas unos segundos, como si la luz verde quemase. Los taxistas rechazan llevarte allí por donde puede haber tráfico, y son ellos mismos quien te recomiendan coger el metro elevado que forma el Scalestrix de Bangkok. Los corruptos controles policiales en donde los agentes consiguen alguna que otra paga extra – muchos policías con el día libre trabajan unas pocas horas para poder pagarse los vicios – ralentizan la vuelta a casa de los que abandonan el centro y se dirigen al extrarradio a dormir. Las vías de tren que atraviesan la ciudad de lado a lado paralizan cada rato a una marabunta que vemos como una locomotora vieja y un solitario vagón de carga pasan tan despacio que parecen burlarse de todos los que esperamos absortos tras las barras mientras entendemos, al fin, que las cosas no caducan con el tiempo; que es el tiempo el que caduca. Sigue leyendo

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De viaje, Fotostón

Vientiane, Laos

Hoy me atrevo con una galería de imágenes de nuestro viaje a Vientiane, capital de Laos. En general, me ha gustado. Es más tranquila que Bangkok, por supuesto; más verde, más amable para pasear, más agradecida. Las obras, eso sí, inundan una ciudad que, si no se hunde en una tremenda crisis, en diez años será un auténtico foco turístico del sudeste asiático. Situada a orillas del Mekong, Vientiane es una ciudad que lo tiene todo para triunfar: clima, precios, gente y cultura.

Pinchando en una foto llegaréis a la galería, pero luego, bajando un poco y a la derecha de la pantalla, tenéis una opción para verlas a tamaño original. Hay detalles que bien merecen la pena.

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