De viaje

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Un señor vestido de uniforme se lleva la mano a la frente y choca sus botas con espuelas metálicas en los talones cada vez que me ve entrar o salir de este edificio, a lo 1, 2, 3. Para subir a casa he de pasar una tarjeta blanca por tres diferentes lectores electrónicos: uno en la entrada, otro en el ascensor y otro más en la puerta de mi apartamento. La gente no se saluda por los pasillos y yo, imbécil, hasta les hago reverencias. Vivo en un piso 27. El ascensor va rápido, pero en él te da tiempo a entender como funcionan las cosas aquí: está forrado con espejos, cubriendo cada perspectiva posible, y eso te permite mirar sin mirar, deporte nacional en Ratchaprarop, Bangkok, Tailandia.

Hoy una gata se lamía sus partes en el mismo local en el que yo comía un arroz con un amigo. Cuando terminó de limpiarse, olisqueó entre las mesas y se fue por la puerta de atrás, con sus pezones colgando como si hubiese dado de mamar hace no mucho y con su rabo medio roto, quién sabe por culpa de qué vehículo. Entraba y salía a su merced, y nadie parecía reparar en ella. En mi edificio los ves jugando en la sala de la recepción, o subidos a pequeños templos en miniatura en donde se dejan dar sombra. Están en cualquier parte, en cualquier rincón, dentro y fuera, arriba y abajo: apenas se inquietan por el tránsito de la gente, y están muy bien cuidados por los locales, al igual que los perros. El respeto hacia otras formas de vida es total: jamás vi a perros y gatos callejeros mejor alimentados que gente callejera u hogareña, y eso no me da sino una sensación total de tranquilidad y respeto hacia este pueblo.

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