De viaje

Madres no hay más que dos

Hoy, 12 de agosto, es el cumpleaños de la reina de Tailandia, la adorada Sirikit, y además se celebra el día de la madre. No es casualidad claro; esta señora es la madre de todos los tailandeses, y desde 1976 estas dos festividades van unidas, cosa que, como español, me parece fatal y antipatriota, porque eso significa que tendré que trabajar un día de más por esta maldita manía tailandesa de economizar y ser eficientes.

De todos modos, y aunque la estrategia de marketing es mucho mejor que la del Corte Inglés – más consistente, al menos -, es algo caótico que el día de la madre vaya cambiando según la fecha de nacimiento de la reina regente. Pese a todo, el concepto está bien, y aunque quizás es un poco autoritario de más, es bastante poético y patriota.

Se monta un buen jaleo en el país. Fuegos artificiales, donaciones, desfiles, procesiones, exhibiciones de boxeo tailandés, luces, fiestas, música y demás idiosincrasia de cualquier celebración de por acá. Hay altares por toda la ciudad con fotos de la reina, recordándonos con su sonrisa maternal que no tenemos nada que temer, que ella esta allí para cuidarnos y que celebremos su cumpleaños como si fuese el nuestro, que en el fondo también lo es, porque nadie nace sin madre a excepción de algún que otro político y banquero español.

Así que celebrémoslo, claro, que a los que estamos lejos de casa y añoramos a nuestra familia nos viene bien saber que, pese a lo que siempre habíamos creído, madres – y perdóname mamá –  no hay más que dos. Yo, por ahora, voy a felicitar a la que me amamantó, que a la otra ni siquiera tengo el gusto de haberle visto un pezón.

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Vaya Ud. a saber

De hombres y dioses

Volando hacía Bangkok ya me asaltaron las dudas: ¿qué pasaría si Mark Knopfler y Gabriel García Márquez se conociesen? ¿Cómo sería este encuentro de titanes? O mejor aún: ¿qué pasaría si Mark Knopfler no hubiese sido compositor y hubiese sido escritor, y Gabriel García Márquez hubiese elegido la música en vez de la literatura? ¿Serían tan buenos en sus nuevas vidas como lo son en la que viven? Yo creo que no, aunque de todos modos, nunca se sabe; esta gente, estos genios, son capaces de todo, menos de no morir.

Sin embargo, encontré una respuesta que calmó mis necesidades de saber, mis necesidades de imaginar. Y lo logré,  claro, endiosándolos más aún de todo lo endiosados que les tengo. “No seas tonto” pensé: “Mark Knopfler ya hace literatura con su música y Gabo también hace música con su literatura. Ambos se dedican a ambas cosas y tú todavía no lo entiendes, idiota”.

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De viaje

2.555

Un señor vestido de uniforme se lleva la mano a la frente y choca sus botas con espuelas metálicas en los talones cada vez que me ve entrar o salir de este edificio, a lo 1, 2, 3. Para subir a casa he de pasar una tarjeta blanca por tres diferentes lectores electrónicos: uno en la entrada, otro en el ascensor y otro más en la puerta de mi apartamento. La gente no se saluda por los pasillos y yo, imbécil, hasta les hago reverencias. Vivo en un piso 27. El ascensor va rápido, pero en él te da tiempo a entender como funcionan las cosas aquí: está forrado con espejos, cubriendo cada perspectiva posible, y eso te permite mirar sin mirar, deporte nacional en Ratchaprarop, Bangkok, Tailandia.

Hoy una gata se lamía sus partes en el mismo local en el que yo comía un arroz con un amigo. Cuando terminó de limpiarse, olisqueó entre las mesas y se fue por la puerta de atrás, con sus pezones colgando como si hubiese dado de mamar hace no mucho y con su rabo medio roto, quién sabe por culpa de qué vehículo. Entraba y salía a su merced, y nadie parecía reparar en ella. En mi edificio los ves jugando en la sala de la recepción, o subidos a pequeños templos en miniatura en donde se dejan dar sombra. Están en cualquier parte, en cualquier rincón, dentro y fuera, arriba y abajo: apenas se inquietan por el tránsito de la gente, y están muy bien cuidados por los locales, al igual que los perros. El respeto hacia otras formas de vida es total: jamás vi a perros y gatos callejeros mejor alimentados que gente callejera u hogareña, y eso no me da sino una sensación total de tranquilidad y respeto hacia este pueblo.

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