De viaje

40 grados

Suelo comer sobre la una, y normalmente en un sitio de sopas, aquí al lado, apenas un minuto andando. La semana pasada me hice amigo de un gato, aunque los gatos no saben de amigos, es gris, joven, tiene un cascabel en el cuello y he decidido, en un ataque de morriña, quizás, que se llama Félix. El gato debe ser de los dueños del local, aunque los gatos tampoco saben de dueños, y juega y retoza por debajo de las mesas mientras los clientes comemos. Es gracioso; un gato en un restaurante, ya ves tú. Pero hoy, ¡ay hoy!, cuando he vuelto a ver a mi amigo Félix tumbado en mitad del local, rebozando su lomo en el suelo, rascándose quizás con la porquería que abulta en el piso, y de repente ¡zas!, alerta Felix, qué demonios es eso, es una rata, Felix, una enorme rata que camina por el local, y tú has ido a por ella, Félix, claro, está en tu territorio, y es una rata, y tú un gato, y la rata no se ha ido por donde ha entrado cuando te ha sentido llegar, qué va Felix, la rata te ha chuleado y ha corrido por debajo de las mesas, incluso por debajo de la mía, y tu detrás, Félix, detrás de ella sin poder cazarla porque aún eres joven, Félix, qué pena, me hubieses contrariado la sensación de asco con una sensación de admiración si la hubieses cazado, qué lástima, de veras, que te has quedado quieto, Félix, cuando la rata ha huido por la puerta de atrás, y tú bajo mi mesa, agazapado, mirando sigiloso hacia esa puerta, como si ya nada en el mundo importase, esperando de nuevo a ese roedor peludo de cola larga casi más grande que tú, Félix, no por tu juventud, que también, sino por su gran tamaño, Félix, vaya pedazo de rata, y qué rápida, carajo, que igual te hubiese comido ella a ti, amigo, quién sabe, y qué haría yo sin ti aquí, que juegas conmigo mientras el resto hablan en este idioma tan raro y difícil, que suena más rápido que 3 españoles borrachos tratando de llevar la razón, y por eso me gustas, Félix, valiente, vaya pedazo de rata, que apenas me ha dado tiempo a verla a mi, Félix, imagínate a perseguirla como tú, amigo mio, has sido el héroe, todos mis respetos, Félix, mañana igual le das castigo, así que sigue retozando, claro, que para eso eres un gato.

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Vaya Ud. a saber

De hombres y dioses

Volando hacía Bangkok ya me asaltaron las dudas: ¿qué pasaría si Mark Knopfler y Gabriel García Márquez se conociesen? ¿Cómo sería este encuentro de titanes? O mejor aún: ¿qué pasaría si Mark Knopfler no hubiese sido compositor y hubiese sido escritor, y Gabriel García Márquez hubiese elegido la música en vez de la literatura? ¿Serían tan buenos en sus nuevas vidas como lo son en la que viven? Yo creo que no, aunque de todos modos, nunca se sabe; esta gente, estos genios, son capaces de todo, menos de no morir.

Sin embargo, encontré una respuesta que calmó mis necesidades de saber, mis necesidades de imaginar. Y lo logré,  claro, endiosándolos más aún de todo lo endiosados que les tengo. “No seas tonto” pensé: “Mark Knopfler ya hace literatura con su música y Gabo también hace música con su literatura. Ambos se dedican a ambas cosas y tú todavía no lo entiendes, idiota”.

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