Vaya Ud. a saber

Al despertar

Lo peor para el dolor son las mañanas. Como cuando eras niño y te despertabas sin esa bicicleta con la que habías llegado a cualquier lado en tu sueño recién roto, o sin ese monopatín volador que era la envidia de toda tu clase. Esa vuelta a la realidad, ese segundo en el que te das cuenta de todo con una lucidez amarga y somnolienta, ese estallido en el que comprendes que las cosas son como son y no como nos gustaría, es el momento más angustioso del día, y no tiene más remedio que un remedio que no cura: poner el pie en el suelo, tan frío, de nuevo. Arriba.

Lo malo de la edad es que el dolor deja de tener forma de patinete ficticio, porque el dolor ya no es causa de los sueños. El dolor viene de la realidad, de las personas que la conforman, de las expectativas sin cumplir, de las decepciones más amargas. Y cuando azota no se detiene; y al despertar, otra vez, ya no te hace falta ningún sueño para compararlo a la realidad, sino que es el propio encuentro con la realidad lo que te destroza.

Es una realidad dolorosa de tan impredecible e incontrolable, siempre llena de algún que otro ‘y si’ tan inútil como castigador, siempre lejana e incomprensible. Y qué inesperada e insistente, vaya, qué de repente viene y cuánto tarda en marchar, cambiándolo todo a su paso, llenándote de rabia y miedos, y superando todos las creencias inculcadas que alguna vez creíste tener, pues quién me iba a decir a mí, por ejemplo, que la primera persona en romperme el corazón había de ser un hombre.

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