De viaje

Luces de ciudad

Bangkok tiene capacidad para dos millones de vehículos, pero se cuentan más de siete. Los atascos kilométricos son algo normal, y como ya he dicho alguna vez, están tan asumidos que nadie tira de claxon ni le menta la madre al de delante. Si en Madrid – Sabina dixit – se habla de una boina de contaminación que cubre la ciudad y que se ve desde las afueras, aquí tendríamos que hablar de un gorro, un casco, un paraguas, una sombrilla, un toldo o qué se yo.

Las primeras horas de la mañana y las últimas de la tarde son las más críticas en esta ciudad, si es que no lo son todas. Un mar de luces alineadas se extienden a lo largo de las carreteras y autopistas e iluminan este prostíbulo repleto de coches modernos o manidos, de motos que regatean los atascos, de tuc-tucs sin puertas en los que respirando se te va la vida. Hay semáforos que aguantan más de cinco minutos cerrados y que se abren apenas unos segundos, como si la luz verde quemase. Los taxistas rechazan llevarte allí por donde puede haber tráfico, y son ellos mismos quien te recomiendan coger el metro elevado que forma el Scalestrix de Bangkok. Los corruptos controles policiales en donde los agentes consiguen alguna que otra paga extra – muchos policías con el día libre trabajan unas pocas horas para poder pagarse los vicios – ralentizan la vuelta a casa de los que abandonan el centro y se dirigen al extrarradio a dormir. Las vías de tren que atraviesan la ciudad de lado a lado paralizan cada rato a una marabunta que vemos como una locomotora vieja y un solitario vagón de carga pasan tan despacio que parecen burlarse de todos los que esperamos absortos tras las barras mientras entendemos, al fin, que las cosas no caducan con el tiempo; que es el tiempo el que caduca. Sigue leyendo

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