Vaya Ud. a saber

El hombre que nació dos veces

Hace algo más de cinco décadas, durante una comida familiar, anunciaste con inocente alegría que tu madre, allí presente, cumplía 40 años aquel día de abril. Sorpresa la tuya, claro, cuando acto seguido ella se encargó de ponerte la cara colorada: recibiste una reprimenda – merecida – por semejante comentario, y un silencio incómodo inundó aquel comedor de tu infancia. Hoy, acobardado tras la pantalla de este ordenador desde el que te escribo, y casi con más inocencia que tú, me atrevo a anunciar que es el día de tu 60 cumpleaños. Sé que no te enfadarás, al menos no mucho, así que ahí va: felicidades. 

Podría decir, incluso, que hoy cumples 119 años porque tú eres uno de los pocos hombres del mundo que nació dos veces. Debe ser una de las anécdotas que más he contado a mis conocidos: esa ristra de acontecimientos que abarcan tu nacimiento prematuro de hormiga, tu tamaño insultante sobre la palma de una mano adulta, la sentencia mortal del médico que te sacó a la vida y te la quiso quitar antes de tiempo, los cuidados de tu tía día y noche durante un mes eterno en el que te alimentó con cuenta gotas, como a un gatito sin madre, la inscripción final e inesperada en el registro civil justo un mes más tarde y el sorprendente y notable tamaño que has llegado a alcanzar tiempo después. Lo cuento con jovialidad, paso a paso; y siempre acabo diciendo que, casi de milagro, fíjate, aquí estoy yo. Así que gracias por aguantar, padre.

Esa es la primera, pero hay muchas otras cosas que te agradezco desde entonces. Sé que tú no te acuerdas, porque lo comentamos hace poco y te encogiste de hombros como el que nada sabe de algo, pero creo que te debo gran parte del gusto que he adquirido por la escritura. Recuerdo que, siendo yo pequeño, te obligaba a sentarte enfrente de aquel viejo Pentium que trajiste a casa a escondidas cuando aún eras uno de mis reyes magos, y comenzaba a dictar historias disparatadas que tú, como buen secretario, mecanografiabas ágilmente tras una paseíto por el despacho de editor que siempre llevaste dentro.

Entonces, imagino, aprendí muchas cosas sobre el mimo a las palabras, sobre el ritmo, sobre la precisión y sobre todas esas cosas de las que aún carezco y que tú ya practicabas con atino. Recuerdo con admiración (y a día de hoy aún ocurre) una cosa en concreto: de las muchas palabras sobre las que te he preguntado el significado a lo largo de todos estos años has sabido darme la definición de la mayoría sin asomarte más que al diccionario que tienes allí arriba, en ese cerebro admirable donde pareces guardarlas todas, junto a las poesías que ahora declamas a medias, algunos textos en latín y las muchas otras cosas que sabes y no dices. Será cosa de los Maristas, supongo.

Te agradezco, además, otro detalle muy importante: de entre tu escasa faceta melómana sacaste tiempo para descubrirme a los Beatles y a Pink Floyd, amén de los primeros acordes que aprendí para guitarra. Es cierto que luego sufriste con la música de cada uno de tus hijos; no solo te tocó escucharnos aprender a tocar tantos instrumentos que acabaste por odiarlos todos, sino que te llenamos la casa con nuestros grupos de adolescencia eterna y torpedeamos tus viajes en el viejo Ford Sierra con aquellas melodías de calidad dudosa y letras de una revolución ya manida para ti.

Te agradezco también ese humor seco, negro y agrio al que ahora soy adicto y que trato de practicar cuando me dejan. Te agradezco la extrema generosidad obligada a la que te hemos sometido todos y cada uno de tus hijos, los viajes que muchos hemos podido hacer a sitios que tú aún no conoces, y todo lo que nos has dado a regañadientes pero con el gusto de poder echárnoslo en cara. Te agradezco la libertad que siempre nos has ofrecido, las pocas preguntas que has hecho y la confianza que ciegamente nos brindaste, aunque ahora empieces a arrepentirte de no haber criado niños millonarios con suficiente dinero como para curarte la vejez que asoma. Pero no te preocupes, padre, que al cabo te daremos amor, que parece que no, pero cura igual de bien y encima no tiene precio, como las mejores cosas de esta vida.

Y no me iré sin regañarte, ya lo sabes. En primer lugar, y en orden descendente de rencores prioritarios, diré que nunca me ha gustado tu rechazo acérrimo hacia la cebolla. Tampoco me ha gustado la escasez con la que has expresado las cosas que te han hecho daño, ni la sombra que arrastras desde la desgracia terrible de perder a un padre, que agravó tus silencios y tu desdén por la cantidad de cosas que aún te quedan por hacer. Quiero que hagas esas cosas y recuperes la lucidez que a veces echo de menos. Y no tengo mucho más que reprocharte, a parte, claro, del cigarrito: siempre el puto cigarrito.

Pero no quiero que los regaños empañen los agradecimientos, que son más y mejores. Lo que quiero es poder agradecerte durante muchos años más todas las cosas que hoy te he dicho, y muchas otras que me dan vergüenza y llegarán en cartas futuras; o no. Me siento feliz de seguir admirando las venas de tus manos que desde pequeño pulso como si fueran botones, de alabar tus dotes de cocinero tardío, de escucharte insultar a mis hermanos cuando te pregunto por ellos, de pensar que me insultas cuando ellos te preguntan por mí, de que me lleves a cualquier lado con la seguridad de que a ese coche no le pasará nada – aunque madre y Elisa no puedan decir lo mismo (¡mini-punto para los chicos!) –, y de poder ir año a año a Galicia para contemplar, como diría Gabo, el milagro de las piedras florecidas. Quién me iba a decir que lo que más te podría agradecer es que seas gallego.

Quiero seguir recordando con cariño que de pequeño sólo podía dormir en tus brazos y que ahora, de mayor, son tus ronquidos lo único que a veces me roba el sueño. Quiero seguir dejándote de cuando en cuando las dos toallas mojadas en las frías mañanas de invierno, y el bote de pasta de dientes abierto sobre el armario de espejos del baño. Quiero seguir molestándote con mis ideales de Peter Pan y mi rechazo hacia las cosas que parecen tener más sentido, y caerte mal a ratos para escucharte suspirar de lejos. Y quiero que seas siempre el gordito afable con plaza fija en sofá y una eterna perilla cana.

Y quiero decirte, por último, que no pareces envejecer, que no aparentas 60 años, ni mucho menos 120; y que, además, los 60 de hoy en día son los 50 de antes, así que tienes otros diez años para hacer todo lo que no hiciste y para aumentar la lista de cosas que me gustaría recordar en un tiempo y por las que siempre querré darte las gracias.

Feliz cumpleaños Joaco.

Un beso,

P, tu hijo mediano favorito.

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