Vaya Ud. a saber

Los miedos de Gabo

Qué susto me has dado, idiota. La noticia de tu hospitalización me ha hecho temblar un poco, respirar más lento, entrañarte hondo. Lo cierto es que nunca he sentido demasiada admiración por demasiadas personas, menos aún en el complejo mundo de la literatura. Quizá solo estáis tú y Quino, tan mayores; tan diferentes. Y ayer noté que te ibas un poco al fin, que la vida te había vencido, y he sentido la necesidad de escribir de ti y de escribirte a ti; aunque nunca me leas, Gabo, aunque nunca me sepas.

De ti

Si hay algo que caracteriza la obra de Gabriel García Márquez (aquí debería ir su lugar y fecha de nacimiento y muerte, pero él seguro que lo consideraría de muy mala educación) es el miedo. El miedo, en general, como concepto, como forma de comprender la vida. El miedo que todo lo rodea; ese miedo que todo abarca. El miedo a todo, tanto a lo nuevo como a lo desconocido. Y fue entre lo desconocido donde el autor encontró el peor de sus temores, quizá el más natural, pese a tan común: la muerte.

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Vaya Ud. a saber

Mi vida es una gran mentira

Pensaba que no, pero sí. Lo cierto es que llevaba años luchando contra la idea de que la publicidad, de algún modo, me influía. Luchando contra el hecho claro de que yo no compraba por impulso, sino por necesidad. Luchando contra el esperpento de ser una oveja más del rebaño pastoreado por los perros del capital. Pero esta noche me he dado cuenta de que, al fin, he sucumbido: la publicidad ha cambiado mis costumbres.

Vivo en un barrio bien, con una familia bien; aunque sin perro. He mamado televisión, en dosis justas (gracias a le censura – por entonces despótica y hoy agradecida – de mi madre) desde pequeño. Vivo sano, creo, y no tengo mayores miedos que los que atormentaban a los galos de Goscinny y Uderzo: que el cielo caiga sobre mi cabeza. Desgasté el patio y las mesas de dos colegios, enfrentados en mi barrio, uno público y otro concertado. Terminé el bachillerato en un instituto progre y me he manifestado por tantas cosas que apenas recuerdo algunas. He viajado por menos mundo del que me gustaría; pero he viajado, que ya es algo. Y acabo de licenciarme, pese a las reticencias del sistema educativo en haberme dado cinco años de placer y no de bodrio, como es el caso.

Así que durante los 23 años – casi 24 – de mi vida nimia y anodina, me he educado más o menos bien, a gusto del sistema y a disgusto con el mismo, aunque tampoco he hecho demasiado por cambiarlo. Siempre me he creído un poco apartado de él; quizás algo por encima. Falso. Y prueba de ello era lo que venía comentando al principio. Sigue leyendo

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