De viaje

Solo un par de anécdotas

Me gustan los tranvías, los metros, los autobuses, los trenes; no tanto los aviones. Me gusta viajar, el proceso del viaje, la paz de esperar y observar afuera; qué hay, qué ves; las carreras de gotas cuando llueve, la fugacidad de los objetos tras la ventana. Hablando de esto siempre recuerdo una historia que mis padres me cuentan cada tanto con ese amor con el que los padres nostálgicos hablan de sus niños pretéritos. Viajábamos en coche, no sé hacia dónde porque yo era muy pequeño. La carretera iba entre prados extensos y yo, que ya alcanzaba a mirar a través de la ventana, entusiasmado, anuncié “¡mirad, mirad: vacas!”. Cuando el resto del coche oteó aquellos prados no encontró ninguna vaca, ni ningún ser vivo que se pareciese siquiera a una vaca. Ni una puta cabra, ni un puto caballo. Siquiera un perro, un gato, un conejo; nada. Solo verde extenso. Ríen cuando lo cuentan: la idea es que hasta entonces, cada vez que ellos nos habían dicho “mirad, niños, vacas” yo, de tan pequeño, gastaba tanto tiempo en asomarme a mirar que cuando por fin tenía el cristal delante de mis narices lo único que veía tras él era campo, campo infinito. Y eso eran para mí las vacas.

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