Vaya Ud. a saber

Mamá, lo siento

Hola mamá;

si te escribo estas líneas es porque no encuentro otra manera de confesarte todo lo que vengo a decir. No quiero verte decepcionada, ni triste, ni enfadada. Aunque seguro que sabrás perdonarme, igual que siempre hiciste. Soy un cobarde, es cierto, pero no te preocupes que eso no lo aprendí de ti.

Estoy seguro, pese a todo, que ya intuyes de lo que vengo a hablarte, que ya lo has notado tras los últimos años, y que mientras lees estas líneas solo confirmas lo que ya sabías. Así que sí, mamá; es verdad, tienes razón, correcto, lo corroboro, me confieso: te he engañado.

Te he engañado mucho todo este tiempo de ausencia: ya no desordeno para ti.

Es cierto, mamá, y lo siento. He desordenado y desordeno para otros y para otras, y muchas veces; otras tantas para mí mismo. Lo habrás notado estos últimos años porque la que fue mi cama ahora está siempre hecha.

Y si falta ropa en mi armario es porque me la llevé de allí para vestirme aquí, donde ahora vivo; y si ya no está hecha un higo en su cajón, arrugada y puesta de cualquier modo, es porque es aquí donde ahora la dejo desordenada, mamá, siento decírtelo así.

Porque es así: sigo colocando la ropa sobre la silla o en el suelo cuando me acuesto, o lanzándola al armario cuando ya se hace montaña. Y aún olvido, después de ducharme, la toalla húmeda en otros cuartos que no son el baño. Y sigo echando algunas prendas a lavar por la pereza de no colgarlas. Todo, confieso, con cierta alevosía, pese a saber que eras tú la única que me lo permitía; sabiendo que no debo hacerlo si no es contigo.

Te he engañado mamá, perdóname, y aunque sigo desordenando igual de bien ya no es lo mismo, ni siquiera parecido: ahora hasta me avergüenza. Cuánta culpabilidad siento cuando nadie me regaña por no meter el abrigo en el armario y dejarlo sobre la butaca de la entrada al llegar a casa; cuánto silencio encuentro cuando nadie me pregunta ‘qué hacen aquí estos zapatos’ al abandonarlos en cualquier sitio; qué vacío me invade cuando veo mi cama desecha y no me siento mal por no hacerla pues sé que nadie me regañará por ello; y qué loco me creo cuando me hablo a mí mismo y me digo ‘deja el baño igual que te lo has encontrado al entrar’; aunque, confieso, pocas veces me hago caso.

Así con tantas cosas, mamá. Sigo sin colocar los inalámbricos en la base al terminar de hablar, acumulo papeles inútiles en mi escritorio, dejo los mandos de la tele en el sofá, y la guitarra nunca está en su sitio, te lo prometo. Pero tú sabes que no lo hago con mala fe; que soy así, desordenado, un desastre incorregible. Y que si ya no lo hago contigo es porque quise probar cosas nuevas. Qué idiota.

Y no quiero ni imaginar la dureza de la decepción al enterarte ahora de que todo tu esfuerzo por evitar que desordene para otras ha sido baladí; qué deshonra, mamá, qué dirán las demás madres cuando se enteren.

Pero no es todo; he de confesarte más, porque te he engañado de muchas maneras diferentes, mamá, lo siento.

Ahora busco y encuentro la belleza de tu mandíbula un poquito desordenada en otras, por ejemplo. Ahora llego borracho a casa de madrugada e intento no despertar a gente que no eres tú. Ahora me como otras comidas que saben mucho peor que las tuyas. Ahora me visto con ropa que no me compraste tú con tu asombroso atino. Ahora hago dibujos en los que no apareces. Ahora les respondo a otros las preguntas sobre con quién estoy, a qué hora llego, de dónde vengo, a dónde voy.

Y no sé muy bien por qué hago todas estas cosas con otros si las hacía mucho mejor cuando estaba contigo. Imagino que es por eso que los adultos llamáis crecer. Menuda trampa.

Mamá, es más grave de lo que piensas, porque ahora no eres tú a quien le digo que deje de fumar, o que no beba, o que baje el volumen de la música que trona por los auriculares, o que no cante tan alto, o que esas botas no le pegan con esa chaqueta, o que deje de mirar los anuncios, o que me deje tranquilo de una vez. ¿Cómo es posible? Ya sabes que a mí siempre me ha gustado regañar (será mi herencia gallega), y teníamos tanta confianza en el regaño recíproco que practicarlo con el resto se me hace tan diferente y vacuo que apenas le encuentro sentido.

Y, sin embargo, todo esto no es una disculpa mamá, qué va, las cosas son como son y hay que seguir adelante; esto es, acaso, un recordatorio, un homenaje, un agradecimiento tonto por haber sido capaz de aguantarme y de quererme durante todo este tiempo: durante el tiempo en que desordené para ti y durante este tiempo en que, tras abandonarte vilmente, lo ando haciendo para otros o para mí.

Así que solo puedo darte las gracias por esa fe ciega y ese perdón infinito, por ese saber estar, incluso cuando las cosas dejaron de ser fáciles y la vida te dio las bofetadas que ahora yo ya intuyo. Gracias por haber aguantado mi infancia bruta, mi adolescencia idiota y mi presente trémulo. Gracias por ser mi madre y no la de cualquier otro, aunque tenga que compartirte con los dos cretinos que tengo por hermanos que, a buen seguro, también te agradecen todo esto y más. Gracias por compartirme y compartirte con el tipo de la eterna perilla que responde al nombre de papá y al que ahora le debo una carta. Gracias por llorar menos veces de las que lo hubieses necesitado y por reír muchas más de las necesarias. Gracias por todos y cada uno de tus incontables miedos que me hicieron querer ser mejor persona. Y gracias, sobre todo, por haber compartido conmigo todos estos años y haberme convertido en el desastre que soy ahora.

No sé si es tarde para decirlo pero ya sabes que siempre desordenaré para ti mejor que para cualquier otra.

Te quiero mucho,
P.

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