Vaya Ud. a saber

Los miedos de Gabo

Qué susto me has dado, idiota. La noticia de tu hospitalización me ha hecho temblar un poco, respirar más lento, entrañarte hondo. Lo cierto es que nunca he sentido demasiada admiración por demasiadas personas, menos aún en el complejo mundo de la literatura. Quizá solo estáis tú y Quino, tan mayores; tan diferentes. Y ayer noté que te ibas un poco al fin, que la vida te había vencido, y he sentido la necesidad de escribir de ti y de escribirte a ti; aunque nunca me leas, Gabo, aunque nunca me sepas.

De ti

Si hay algo que caracteriza la obra de Gabriel García Márquez (aquí debería ir su lugar y fecha de nacimiento y muerte, pero él seguro que lo consideraría de muy mala educación) es el miedo. El miedo, en general, como concepto, como forma de comprender la vida. El miedo que todo lo rodea; ese miedo que todo abarca. El miedo a todo, tanto a lo nuevo como a lo desconocido. Y fue entre lo desconocido donde el autor encontró el peor de sus temores, quizá el más natural, pese a tan común: la muerte.

Gabo decía que los escritores escriben sus libros para explicarse a ellos mismos lo que no se puede explicar. Quizá por eso la magia dentro de la realidad le servía para darle la vuelta a las cosas que muchas veces no tienen dos caras. Sus personajes, los que vivían cientos de años, como el patriarca sin otoño, o los que volvían a la vida por el terror de la soledad en la muerte, como el gitano Melquíades, o aquellos que desaparecían para siempre en el cielo volando agarrados a sábanas, como Remedios, la bella, retrataban los temores de un hombre que nunca abandonó del todo la niñez; ese mar de dudas constantes.

La muerte, el único lujo que todos nos podemos permitir, nos la presenta Gabo siempre y en cualquier lado, escondida o explícita, poética o fatal. La encontramos en la lucha por la supervivencia en aquel relato de un náufrago que me hizo querer ser periodista; en esos cientos de páginas de muerte anunciada del pobre Santiago Nasar; en las primeras muertes en Macondo tras tantos años de soledad y en los terrores de las guerras que de nada sirvieron al cabo; en el coronel sin cartas y sin sombrero para no tener que quitárselo ante nadie; en la llegada del otoño al patriarca, al fin, tumbado en el suelo y dormido hasta la eternidad sobre su brazo; en el cólera arrasándolo todo menos el amor; y en tantas otras líneas que no me vienen a mi memoria convulsa de ahora.

Insultaría a Gabo, me insultaría a mí e insultaría a los muchos que han estudiado su obra si tratase de sentar cátedra con estas líneas que son solo motivo de la enorme admiración que siento por el de Aracataca. Con él que descubrí el placer de la lectura, la importancia del formalismo en esos libros que de vez en cuando abro por una página cualquiera solo por el placer de leer. Él me enseñó que cada frase, cada párrafo, cada página, cada capítulo son una pequeña obra en sí mismos, y me instruyó en la exquisitez de la precisión que requiere y da cada coma; cada punto. Él me enseñó el ritmo: él me enseñó a bailar.

He de confesar que nunca he sido buen lector. Me despisto fácilmente, me cuesta concentrarme, olvido los nombres, pierdo el hilo de la historia, dejo un libro, empiezo otro, vuelvo, no recuerdo, me vuelvo a ir; y así. Con Gabriel García Márquez, vaya, me ocurrió lo que no me había ocurrido hasta entonces: me quedé con él, y así fue que lo devoré (casi) todo. Él condicionó también mi manera de escribir, que dentro de poco, me temo, quedará huérfana; como sin letras. Hace no mucho – y ya le pedí disculpas –, me atreví a escribir Cosas de vieja, un cuento basado en una idea suya que nunca llegó a firmar: ese fue, creo, el mejor y peor homenaje que nunca le podré hacer.

A ti

Tantos miedos, Gabo, tantos. Decías que no leías tus libros, porque incluso eso te daba miedo. Como si fueses a confirmarte todo lo que habías escrito; como si fueses a corroborar que todo de lo que pretendiste huir en la juventud te seguía persiguiendo en tu vejez mal llevada; como si te aterrorizase volver a adivinar tu cuerpo pueril entre esos libros donde te desnudaste a escondidas para nosotros. Tantos miedos, Gabo, tantos. Como tu terror ante la idea de que Dios existiese, y el miedo más grande que te daba pensar que no, porque entonces todos los males de este mundo tendrían una explicación mucho más triste de la que ahora tienen. Tantos miedos, Gabo, tantos. Como el pavor que te causaba la tristeza de una cama vacía, aunque afortunadamente pocas veces te viste solo, galán; incluso te ganaste un célebre puñetazo en el ojo por tratar de llenar tu cama con quien no debías. Tantos miedos, Gabo, tantísimos, y siempre uno en concreto: ese miedo a la muerte, o lo que es igual, ese miedo a la vida, que no era para ti sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir, pese a que supieses apreciarla tanto, como se lee en esa cita que ya es para mí leyenda: “Así es – suspiró el coronel -. La vida es la cosa mejor que se ha inventado”.

Y cuánto te ha fallado la vejez que llegó al tiempo y pese a todo. Cuánto te ha maltratado la edad, que te trajo un cáncer al que venciste pero que te dejó vencido, y una memoria marchita y rota que te privó de reconocer a casi nadie, Gabo, seguro que ni siquiera a ti; aunque quién sabe si eso no fue un consuelo, un regalo que te hizo olvidar tus miedos de señor mayor.

Quiero creer que no, porque te has equivocado mucho respecto a la vejez: imagino que nunca entrenaste para adivino. Y es que tú, que creías que la sabiduría nos llegaba cuando no nos servía de nada, has sucumbido al tiempo de mala manera. Menos mal que la sabiduría te llegó antes y nos dejaste el legado que te hará inmortal para siempre. Y te volviste a equivocar al tiempo, cuando dijiste que la vida no es la que uno vive, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla; y ahora nos has dejado a medias sin poder contárnosla bien; contarnos, sobre todo, cómo es esa demencia que te aflige y que no te deja ser tú, y que a la vez debe ser un manantial de magia que tú podrías contar mejor que nadie. Pero sería injusto culparte, mago, es puro egoísmo lo nuestro: ya sabes.

Acertaste en una cosa, eso hay que reconocértelo. Asegurabas que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad. Y así te imagino yo ahora en los últimos años en tu amado México; sentado en una mecedora que apenas hace ruido, leyendo libros más por hábito que por interés pues en el fondo ya te dan igual, hablando mansamente y con voz suave a toda esa gente que reconoces a medias y pasea alrededor de ti tratando de cuidarte. Pero enseguida los olvidas: prefieres estar solo contigo, hacerte caso.

Hace mucho tiempo que pienso en ese día fatídico que debe estar por llegar, hace mucho que le doy vueltas a cómo será el día en que te ausentes. Y lo cierto es que no me lo creo, Gabo, o igual no quiero creérmelo, porque siempre he imaginado que entre toda tu magia habías encontrado la manera de no morirte nunca.

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