Vaya Ud. a saber

El lobito bueno

Siempre tengo la misma sensación cuando los veo: me pongo nervioso, intranquilo, se me acelera el corazón; me incomodo. Cómo es posible, me pregunto cada vez, si debería ser al contrario. Por qué esta sensación de inseguridad, joder, si ellos son la Policía: el cuerpo de seguridad del Estado.

¿Por qué me atacan todas estas emociones de mierda al verlos si debería ser al revés? ¿Por qué no siento tranquilidad, seguridad, amparo, respeto y todas esas sensaciones que debería entrañar cuando pasan a mi lado esos vehículos blancos y azules? ¿Por qué me asustan sus luces? ¿Por qué temo tanto sus sirenas, sus trajes, sus porras, sus cartucheras, su caminar, su carácter? Mourinho… ¿por qué?

2.0

Es una sensación heredada de la juventud, supongo. Viene de aquellos tiempos en los que beber en la calle comenzó a ser un delito y en los botellones ya distantes había que andar con mil ojos, no fuese a ser que viniesen otra vez a volcarnos las botellas, llamar a nuestros padres o pintarnos una multa. Ese fue el momento en el que muchos dejamos de ser niños que jugaban al escondite en el parque y pasamos a ser adolescentes que, en el mismo sitio, jugaban a la versión 2.0: escondite evolutions. Mucho más divertido, por cierto.

Viene también de aquellos paseos hasta el parque con una china en el bolsillo más remoto. O de los momentos ya allí, entre colegas, con la china envuelta en el plástico del paquete de tabaco dentro de la papelera, no vaya a ser que se vayan a pasar otra vez los mismos, que hasta se saben nuestros nombres.

Viene de los registros a los que te sometían en la vía pública, delante de todo tu barrio:
– Piernas abiertas, chico, ¿llevas algo?
– No.
– ¿Seguro?
– Bueno…

Viene, quizá, de alguna tarde retenido en la comisaría de Huertas por no llevar el DNI y por tener un amigo al que le pillaron fumando flores. Viene, quizá, por lo mal que me trataron allí; porque los cuerpos de seguridad me robaron a escondidas unos 5 euros de mi mochila llena de libros del instituto. Hay que ser rata.

Cambiando el juego

Con la edad nos aburrimos del escondite, y las circunstancias de este país nos llevaron a probar nuevos juegos. El cambio vino cuando sentimos que las clases dirigentes nos estaban robando el futuro y muchos nos lanzamos a la calle a pedir que nos lo devolviesen, que para algo era nuestro.

Pese al revuelo mediático que se originó, los gobernantes nos siguieron tratando como memos mientras nosotros, tan correctos, seguíamos protestamos como mimos –manitas arriba –, a la vez que hacíamos nuestras asambleas y nuestras particulares fiestas del pijama en las plazas principales de tantas y tantas ciudades.

La falta de respuesta nos motivó a quedarnos ahí, en la calle. Pero llegó la Policía para echarnos: resulta que molestábamos. No hacíamos mal, la verdad, y estábamos ahí para luchar también por su trabajo, agente, por su sanidad; y por el futuro y la educación de sus hijos, por cierto.

No pareció importarles, o igual no lo entendieron, porque pronto comenzaron los malos modos: empujones, porrazos, disparos de bolas, patadas en el cráneo, sangre a borbotones, carreras, insultos, maltratos y vejaciones a los detenidos en comisaría, irregularidades en la identificación, manipulación mediática, gente tuerta y algún testículo de menos.

Todo en el contexto de un pilla-pilla 2.0: pilla-pilla revolutions. Un juego que se ha convertido habitual en toda y cada una de las manifestaciones que se organizan desde entonces y en el que casi siempre han resultado vencedores los mayores, los mejor equipados, los mejor entrenados: los que disfrutan con esto. Pero ojo, que la balanza se está equilibrando.

Contradicciones

Me genera una tremenda curiosidad verlos alineados en las manifestaciones con esas caras de nada, tan inexpresivos, defendiendo de brazos cruzados la sede del partido que les da de comer, o el congreso donde se discuten las leyes que a ellos también les afectan y degradan. ¿No sienten ganas de saltar al otro lado de la valla con el resto? ¿No sienten en sus duros corazones de piedra mal tallada la obligación moral de empezar a luchar por la justicia? ¿De defender a su pueblo de los crímenes cometidos por los malhechores? Pero qué cojones… ¿no es acaso ese su trabajo?

Me doy cuenta de que el nivel de contradicción y confusión es tremendo: España es un país donde la Policía defiende a los ladrones.

Cada vez que pienso en esto no puedo evitar acordarme de El lobito bueno, la canción con la que Paco Ibáñez pone música al poema Érase una vez de José Agustín Goytisolo. Una canción que escuchaba de niño, cuando a diferencia del poeta, yo no soñaba ni quería un mundo al revés. Yo sólo quería jugar al escondite y al pilla-pilla mientras era niño, disfrutar de la juventud, y después crecer y tener trabajo como mi mamá y mi papá; vivir tranquilo y seguro en un país normal sin piratas honrados, brujas hermosas, lobitos buenos, príncipes malos, políticos corruptos o cuerpos de seguridad que defienden a ladrones y maltratan ciudadanos.

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