De viaje

Solo un par de anécdotas

Me gustan los tranvías, los metros, los autobuses, los trenes; no tanto los aviones. Me gusta viajar, el proceso del viaje, la paz de esperar y observar afuera; qué hay, qué ves; las carreras de gotas cuando llueve, la fugacidad de los objetos tras la ventana. Hablando de esto siempre recuerdo una historia que mis padres me cuentan cada tanto con ese amor con el que los padres nostálgicos hablan de sus niños pretéritos. Viajábamos en coche, no sé hacia dónde porque yo era muy pequeño. La carretera iba entre prados extensos y yo, que ya alcanzaba a mirar a través de la ventana, entusiasmado, anuncié “¡mirad, mirad: vacas!”. Cuando el resto del coche oteó aquellos prados no encontró ninguna vaca, ni ningún ser vivo que se pareciese siquiera a una vaca. Ni una puta cabra, ni un puto caballo. Siquiera un perro, un gato, un conejo; nada. Solo verde extenso. Ríen cuando lo cuentan: la idea es que hasta entonces, cada vez que ellos nos habían dicho “mirad, niños, vacas” yo, de tan pequeño, gastaba tanto tiempo en asomarme a mirar que cuando por fin tenía el cristal delante de mis narices lo único que veía tras él era campo, campo infinito. Y eso eran para mí las vacas.

Me he desviado. Decía que me gusta viajar, vaciar mi cerebro, no tener prisa, descansar. Lo que más me gusta, además, son las historias que hay dentro de esos trenes, metros o tranvías en los que uno viaja. Esas historias anónimas que nadie te cuenta pero que tú ves. Ese señor casado que lleva la misma ropa de ayer, esa anciana que quiere hablar pero no sabe con quién, ese tipo de mirada turbia que tiene pinta de no haber hecho nada bueno jamás, esa señora que está enamorada de alguien porque sonríe a la nada con descaro, esa chaqueta que no pega con esos pantalones y menos aún con esos zapatos – este tipo esconde algo -, aquí está el típico zumbao que vaga solo y a su suerte, viene el músico con el acordeón de su abuelo y toca una canción que todos oyen pero nadie escucha, y tantas y tantas historias más. Cientos de vidas ajenas, cada una con sus problemas; tan anónimas y sin importancia.

Y luego están esos pequeños momentos en los que los planetas se alinean, y llega el jaleo, la anécdota, la bronca. Los dos amigos que se encuentran después de años sin saberse, cómo estás, te acuerdas, cuánto tiempo; han pillado a alguien con la mano en un bolso que no es el suyo, chorizo, por aquí no vuelvas; esta abuela está molesta porque esa jovencita no le ha ofrecido el sitio, ya no se respeta nada, qué cosa; y estos dos creo que se van a dar de hostias por no sé qué chorrada pero al final no, qué va, sólo se insultan y nada pasa; lo típico.

Ayer se alinearon un poco los planetas en el tranvía número 15 de Ginebra en su travesía por la ciudad desde Nations – plaza donde se encuentra el palacio de Naciones Unidas – hasta Palettes – barrio cercano a donde vivo -. Y resultó que yo estaba dentro.

En la parada de la estación central – la Gare Cornavain – subió un hombre portando un viejo violín descubierto y tirando de un pequeño carrito donde, mal instalado, se adivinaba un altavoz casero. Se acomodó cerca de mi asiento y comenzó a tocar – no muy bien – algunas de esas melodías que todos conocemos pero que pocos saben nombrar o adjudicar. Primero una, después otra. Al terminar, en un francés más parecido a mi francés que al francés de un francófono, comenzó a dar los buenos días y a pedir una moneda para el hambriento vasito de cartón que blandía sonriente. Empezó este ritual justo en el momento en el que una señora de algún país del este – no me atrevo a acertar – entró en el tranvía con la intención de pedir unas cuantas monedas también, aunque sin ofrecer un mal concierto o unas amables sonrisas a cambio. Ella le vio a él al fondo del tranvía nada más entrar, y no miento al decir que se quedó contrariada. Decidió esperar junto a la salida sin saber muy bien qué hacer. Murmuraba algo en su idioma natal; algo, supongo, sobre su mala suerte. No existía opción alguna de recibir un poco de dinero de la misma gente que le acababa de dar unas monedas al músico; mucho menos de recibirlo de los que ni siquiera le habían dado. Mal momento; mal lugar.

Lo más loco no fue esta coincidencia de penuria itinerante, aunque lo cierto es que habiendo vivido toda la vida en Madrid me extrañó mucho no haber visto algo así ya. Lo bueno llegó un poco después. El violinista no se había percatado de la presencia de la mujer, de tan pendiente que andaba tratando de buscar los ojos de los pasajeros que le ignoraban. Él caminaba entre las filas de asientos sin mirar al frente; miraba hacia un lado, después al otro, agitando siempre el vaso, dando cien veces gracias a los que tenían a bien darle algo, por poco que fuera. Así caminó hasta que llegó a la puerta en donde se encontraba la mujer que le observaba con recelo. Y ocurrió, entonces, lo que tenía que ocurrir: el hombre se acercó a la mujer y le pidió unas monedas.

Ella le miró incrédulo; se paró el mundo durante el segundo que tardó el violinista en darse cuenta de lo que estaba ocurriendo. Se había precipitado una situación demasiado extraña en la lucha por la consecución de una moneda, la unidad básica de la mendicidad. Hubo un colapso momentáneo, un bloqueo fugaz que tornó en una sonrisa cómplice entre ambos y en una sonrisa nerviosa de los que, sin participar, habíamos observado aquello. El músico siguió su camino; ella le siguió con la mirada mientras seguía murmurando algo. Al llegar a la siguiente parada ambos se bajaron del tranvía y caminaron en direcciones opuestas. Lo cierto es que no me sentí mal por sonreír aquella coincidencia; agridulce fruta de la desgracia ajena.

La de historias que hay por ahí; mierda.

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