De viaje

Lo que la rutina esconde

Hoy Ginebra ha amanecido claro, brillando con una luz amarilla pajiza, que es el color que regala el sol en los días de frío sin nubes. He ido al trabajo y allí he pasado la mañana, en el piso octavo de uno de los muchos edificios de oficinas que hay en esta ciudad, viendo tras las ventanas las montañas de cumbres nevadas y el cielo azul; tan claro. He cumplido con mi tarea y me he despedido de todos, como siempre: hasta mañana. La rutina de estos meses pasados me ha hecho sentarme en la parada a esperar al tranvía que me devuelve a casa después de atravesar la ciudad de punta a punta. Y, una vez dentro, me he dado cuenta de que no tenía a donde ir, porque nadie me esperaba en ningún lado. Hoy, por primera vez, no había niños que cuidar ni entrenamientos que hacer: absolutamente nada.

Me he bajado en la siguiente parada. Subido en mi inseparable patinente he bajado desde la Rue de Laussane hasta el Bain de Paquis, uno de los sitios más emblemáticos de esta Ginebra sin nada. Una lengua de tierra que se adentra unos metros en el lago para ofrecerle un faro viejo que, en la punta, desmerece la inmensidad del Lehman. Desde allí, en los días claros como hoy, se pueden ver los Alpes, siempre al fondo, como difuminados, y el resto de cadenas montañosas que rodean la ciudad, a parte de tener una bonita panorámica del lago, de la Ginebra vieja y del Jet d’eau – ¡ahí va qué chorrazo!

Hay un pequeño restaurante donde comer y beber sin arruinarte demasiado – una cerveza, por favor -, unas mesitas al aire libre repletas de sonrisas y libros, y un enorme tablado en forma de colchón raso que se apoya sobre la pared de un edificio bajo que no sé para qué sirve desde donde se puede observar sentado o tumbado todo lo que antes he descrito, mientras se ve, además, caer el sol de frente, poco a poco, tras los tejados triangulares de las casas del otro lado del lago. Y para allá me he dirigido, junto a muchos otros lagartos que, como yo, querían absorber los últimos rayos de sol que lloverán hasta dentro de sólo dios sabe cuánto. Allí he ido a sentarme con mi cerveza fresquita en la mano; allí me he encontrado 10 francos que he compartido con una pareja después de un arduo trabajo en equipo para sacarlos de debajo de las listas de madera construidas sobre el agua; y allí ha empezado a sonar, para mi alegría y disfrute, Communiqué, mi disco favorito; de lejos.

Tres nubes tontas estropearon las últimas horas de luz. Me puse el abrigo que me había tenido que quitar hacía un rato, apuré la cerveza, agarré mi patinete y me fui dando un paseo por la ciudad, a orillas del lago, en busca de una parada de tranvía que me devolviese a donde no tenía prisa por llegar. Y no voy a mentir: me he perdido un poco al querer callejear de más, y no me he encontrado hasta un buen rato más tarde, al fin, en una céntrica y pequeña plaza de la ciudad por donde pasan demasiados autobuses y tranvías, y en donde el tránsito se hace agobiante a según qué horas.

Un hombre vendía sus poesías en francés y en algún lado sonaba una bonita melodía de piano viejo que llegaba a mí como si un olor de dibujos animados se tratase: suave, lenta, meciéndose en el aire y fina en su extremo para darme gustirrinín al entrarme en los oídos. Leí sin entender la mayoría de los folios que se distribuían por el suelo mientras la música seguía sonando, aunque por más que miraba a mi alrededor no la veía sonar. Entonces, entre el gentío, delante de una marquesina de cristal y entre unos bancos abarrotados, vi a un chico joven sentado tras un carro viejo y blanco que habría de ser su piano.

Efectivamente. Lo que por un lado era una tabla de madera blanca de poco más de un metro sobre unas pequeñas ruedas resultó ser por el otro un bonito piano desnudo con el cordal, el bastidor, el teclado y los pedales al aire. En la parte superior había un plato descubierto con algunas monedas y justo al lado un pequeño cerdo que hacía las veces de hucha, para los vergonzosos. También un cenicero lleno de colillas aplastadas. Sentado sobre un taburete blanco el chico joven seguía interpretando la melodía con la desidia del que hace lo mismo muchas veces, pero con el sentimiento único de los que hacen de la música su vida.

La melodía envolvía la plaza y escondía el ruido del ajetreo. Alrededor del piano revoloteaban un grupo de chicas jóvenes que reían y miraban de vez en cuando al pianista. Al otro lado un señor vestido con traje y sombrero merodeaba y miraba hacia el piano confiado; parecía sólo un personaje más de los muchos que hay por Ginebra. Aparentaba ser poco más que un mendigo disfrazado. Le hablaba al pianista, que no le hacía demasiado caso, e iba de aquí para allá buscando algo por detrás de la caja blanca de música. Parecía molestar. Sin embargo no lo hacía, al menos no demasiado: encontró la cerveza que buscaba al lado de los pedales que el pianista dejó de pisar cuando acabó de interpretar su canción.

El pianista – serio, con barba, el pelo corto y tan bien desaliñado que sólo podía estar peinado –  sacó entonces dos cigarros de su bolsillo, puso uno en sus labios y ofreció otro al hombre del traje; se levantó de la silla, agarró su cerveza y se sentó en el banco de al lado para descansar. Se había parado la música y ahora sólo se escuchaba el ruido de la plaza. El hombre del traje se sentó entonces en el taburete. A hacer qué, me pregunté yo: no tenía pinta de pianista – aunque quién la tiene, claro. Igual sólo quería hacer el tonto con el juguete de su amigo, o dar vueltas sobre su asiento giratorio. Esperé un rato, nada pasó. Las chicas ya no revoloteaban, los autobuses subían y bajaban pasajeros; se hacía de noche.

Y de repente un estruendo, un golpe de piano tremendo y preciso; dos acordes estremecedores que asustaron a los que ya nos habíamos despistado. Y acto seguido un fluir de notas mágico, un swing bailable y feliz, una fiesta improvisada gracias a aquel señor del que nadie esperaba nada. Las niñas que ya no revoloteaban empezaron a bailar sobre el pavimento gris, divirtiéndose como nadie se divierte en Suiza, acaparando toda la atención de una plaza que ahora contemplaba atónita todo aquello, y de repente ya no se oía ningún ruido, ningún motor; nada. Sólo el swing de aquel pianista que consumía su cigarrillo de lado y golpeaba con el pie la madera del piano como un preciso metrónomo mientras movía unas manos que presionaban las teclas con una técnica imposible, como sin presionarlas, más bien ayudándolas a bajar: aconsejándolas.

Un hombre en bicicleta pasó y no pudo evitar detenerse. Cuando acabó la canción se acercó al pianista y le comentó algo entre susurros vergonzosos. El pianista asintió, el hombre de la bici sonrío y todos quedamos a la espera. Parecía haberle pedido una canción, porque cuando la música empezó a sonar de nuevo el hombre aparcó la bici, sonrió, dejó una moneda grande en el plato de los osados y cerró los ojos. Era una melodía suave y melancólica, un llanto de notas, una de esas canciones que evocan los peores recuerdos. Así fue que el hombre se emocionó  y al rato tuvo que secarse las lágrimas que ya inundaban sus ojos. Y guardó una mirada perdida durante el resto de compases tristes.

Pero las notas empezaron a acelerarse y la canción se tornó en una melodía rápida que convirtió todo en un festival de nuevo. Y el hombre, que hasta hace unos segundos lloraba por a saber qué desgracia, empezó a moverse poco a poco, contagiado, y no dudó en empezar a bailar con una de las chicas que apenas se resistió a seguir el juego de manos de aquel señor que bien podía tripicarle en edad, pero que en ese momento bailaba con la ilusión y la coordinación de los niños más pequeños. No hubo nadie en toda la plaza que no se parase para contemplar la alegría de aquella escena tan mágica.

Tiempo después, mientras acababa la canción, el hombre paró de bailar, dio las gracias de corazón, se despidió de su pareja de baile, del pianista del gorro, se subió en su bici y desapareció por el extremo de la plaza contrario del que había llegado. Sonreía. Allí quedaron las niñas, riendo la jugada; los dos pianistas, que hablaban entre ellos y sonreían contentos; y el resto de los que habíamos observado todo, sonriendo también.

Y en el silencio del parón volvieron a atronar el ruido de los autobuses yendo y viniendo, los pitidos de los tranvías que se acercaban, el tránsito de zapatos y tacones, las conversaciones por teléfono y el espíritu restaurado y agitado de cualquier ciudad. Los pianistas bebían su cerveza y fumaban de nuevo. Las chicas se despidieron de ellos y se marcharon para siempre de allí. Y yo, previo paso por el plato de los osados, agarré mi patinete y me fui tranquilo en busca del tranvía que me traería a donde ahora mismo estoy, pensando en la magia de la música y en la cantidad de sonrisas que la rutina nos esconde a todos.

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5 thoughts on “Lo que la rutina esconde

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