De viaje

La bise

La bise es un viento que baja de las montañas y viene a jugar a la ciudad, porque allí arriba se aburre; no hay nada. Y aquí encuentra de todo, la urbe entera para él y aprovecha su tiempo jugando bruto entre nosotros, como un niño mal educado.

La bise es un alboroto que se cuela por las calles con un ruido de motor de coche que asusta a los que caminamos. Es un bullicio invisible que vuelca travieso contenedores y bicicletas mal aparcadas, y algún niño o anciano si el día le pilla malo. 

La bise es un desorden que agita los árboles con bravura. Un sicario del invierno que se folla al otoño y deja el suelo repleto de hojas, que son acaso sus sellos; un manto verde y amarillo que alfombra la Ginebra más gris con colores cálidos.

La bise es una escandalera que hace crujir las ventanas y puertas de las casas más antiguas. Un silbido constante y quedo que sonroja a los cristales de los edificios más altos. Una gresca que remueve la calle y que aconseja quedarte en cama, bajo el edredón más grueso.

La bise es un vendaval que exige capucha, bufanda y guantes. Un intruso que se te cuela por cualquier lado y no te abandona ya, porque la calle es suya mientras él juega y tú has perdido, que lo sepas. Y apenas puedes patinar, siquiera pedalear, si es que tratas de ir en su contra: la bise no tolera las trampas.

La bise es un ciclón que mece el agua con bravura y la estrella contra cualquier lado, y si sopla bajo cero aprovecha entonces y hace arte, porque envuelve el agua que salpica y la congela en el aire, al instante, esculpiendo formas imposibles; figuras que ni los mejores magos.

La bise es un follón que incomoda hasta a los pájaros, que ya no saben volar y planean errantes por los cielos de nubes rápidas, perdiendo plumaje, chocando al cabo. Y ni sobre las farolas que también tiemblan ni encaramados a las ramas gruesas de los árboles despellejados están a gusto las aves.

La bise es un aire escurridizo que se esconde, porque a veces para. Pero es parte del juego, tan sólo una ausencia; y es que vuelve al rato con su jaleo que todo toca; con su trifulca que todo abarca.

La bise es la riña del invierno, la revuelta de los vientos, el motín desorganizado de una madre que nos recuerda que apenas con un chasquido leve, con un guiño vago, con una pataleta suave, la naturaleza podría ser cruel, terrible, angustiosa, devastadora; pese a que por ahora tan sólo se empeñe en ser bonita.

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