De viaje

Hacer la acera

Una acera de Bangkok es como la adolescencia: un lugar donde puede pasar de todo. Es difícil enumerar la cantidad de cosas que uno puede ver caminando por la capital de este país.

Empecemos, acaso, por lo que más hay: esguinces. Cientos de ellos, casi uno a cada paso. Las aceras son débiles, y el clima, el tiempo y las raíces de los árboles que han crecido por debajo con una persistencia insólita han levantado a tramos los adoquines y el conglomerado de este suelo inútil. Los agujeros y desniveles se extienden por la extensión abrumadora de Bangkok. Trae tobillera si vienes a pasear.

Se aconseja, además, un calzado cómodo y cubierto. ¿Por qué? Pues porque no es de extrañar ver hormigas grandes como cucarachas, cucarachas grandes como ratas, ratas grandes como gatos, gatos grandes como perros y perros, muchos perros; muchísimos. Podrás ver a todas estas especies paseando por la acera a cualquier hora. Mientras los gatos y los perros, bien alimentados por el pueblo tailandés, se dedican a descansar en cualquier rincón, las cucarachas y las ratas caminan más nerviosas por las zonas en donde la basura se acumula sin control ni recato. Llama la atención que en una ciudad tan grande y que genera tanto desecho – puestos de comida, venta ambulante, etc – no haya ni un jodido contenedor. La culpa, claro, es de los terroristas. Una oleada de atentados con bombas en los contenedores provocó que el gobierno decidiese retirarlos de las calles. Y se quedaron tan anchos.

Es muy posible, también, que en su ruta por la acera encuentre algún puesto de comida. Si tenemos en cuenta que las aceras de Bangkok son, de por sí, estrechas, y que los puestos humeantes cuentan, además, con su zona de restaurante – sillas y mesas de plástico -, el hueco para el viandante queda tan reducido que, muchas veces, es preferible bajarse a la calzada para caminar, a riesgo de ser atropellado por algún coche o por las miles de motos que serpentean entre los atascos. Pero ojo, que caminando por la acera también puedes ser atropellado, pues las motos, al igual que nosotros esquivamos los puestos de comida por la calzada, esquivan los atascos o las calles de sentido contrario por la acera, y es entonces cuando se produce una de esas imágenes entrañablemente odiosas de esta ciudad: motos por la calle y peatones por la carretera.

No se asuste si ve a algún local dormido en cualquier bordillo o bajo una escalera. Los tailandeses – y creo que es algo extendido en el resto de Asia – tienen una facilidad insólita para dormir a cualquier hora, sobre cualquier superficie y en cualquier postura. A veces, incluso, sacan una hamaca y duermen plácidamente respirando el aire puro de Bangkok. Un lujazo.

Según la época del año, es posible que camine bajo un sol tremendo, y ante la ausencia de lluvias le sorprenderá, claro, la presencia de charcos en la acera. Éstos tienen múltiples causas, aunque casi todos son achacables a los puestos callejeros y a su manía – necesidad – de fregar los cacharros en la calle. La canalización precaria del agua en las casas vetustas también provoca algún charco que otro, ya sea por que el agua cae de la cañería a la acera o porque los cubos con los que se recoge el goteo dentro de las casas o las tiendas a pie de calle suelen vaciarse allí por donde paseamos el resto. La presencia de baches y hoyos facilita el estancamiento de estas aguas residuales pútridas, por supuesto.

Ante esta amalgama de factores es inevitable que se produzcan imágenes curiosas en cualquier paseo por la ciudad. Mi favorita es la del contraste de los príncipes y las princesas de Bangkok, vestidos de punta en blanco y oliendo a perfumes de cielo, paseando entre todas estas cosas o comiendo en puestecitos callejeros, con la normalidad y entereza del que hace lo correcto. Ver a esas chicas caminando – flotando – con sus tacones de aguja por este laberinto de agujeros, desniveles y charcos, esquivando la basura y doblando sus vestidos impolutos para sentarse en sillas minúsculas de plástico y devorar una sopa de noodles es, quizás, una de las imágenes más tiernas de cuantas he visto por aquí.

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