Vaya Ud. a saber

De mayor quiero ser niño

Paso 8 o 9 horas al día en una oficina al otro lado del mundo. Trabajo para engrasar esta maquinaria loca que es el capitalismo, del que tanto despotrico pero en el que tanto participo. Ofrezco mi tiempo a cambio de un dinero, y gracias a ese tiempo invertido desarrollo un trabajo que permite que otros, para los que trabajo, sigan ganando dinero con el que pagarme y con el que pagar a otros, incluso a ellos mismos – sin olvidar jerarquías, claro -. He dejado a mi familia lejos, muy lejos. También a mis amigos, aunque ellos son familia y no debo discernir. He arrastrado a mi chica, que por seguirme ha hecho lo mismo y ha dejado a otros tantos atrás, amén de sus perros, a los que tanto añora. Vivimos bien, es cierto, pero no estamos completos; nos falta todo lo que nos habían prometido cuando España era aquel país de ensueño.

Por entonces, cuando España no era esta España – o lo disimulaba tan bien -, yo era un niño (más) cabezón, (más) sucio y (más) despistado, creo. Me gustaba el segundo recreo – el de dos horas y media – y jugar al fútbol, aunque nunca me escogiesen de los primeros. Mis preocupaciones eran las justas: esconder la merluza aceitosa del comedor sin que me pillasen, encontrar a quién pedirle un lápiz o un boli sin que me recordase que ya le había perdido muchos, no dejar la sudadera en cualquier lado para que mi madre no me calentase el culo, cambiar algún cromo repetido, copiar a tiempo los deberes, estudiar bien los controles, levantarme pronto los sábados para ver Goku a escondidas, y pedirle a mis padres un perro, un gato, una iguana, o un jilguero, qué se yo, cualquier cosa, pero algo.

Pero ahora, pasado el tiempo, todo se resume en esta manida amalgama social, cultural y política que uno contempla con ojos cansados pese a su temprana edad. Nos aplastan todas esas cosas que ya sabemos y que, en el fondo, son repeticiones de ejemplos más antiguos, o incluso el mismo problema eterno que se repite generación tras generación, del que todo el mundo habla sabiendo sin tener ni puta idea. Hazte de esto, mira este vídeo, ojo con este artículo, la verdad está en este documental, mira qué cierto, la que se nos viene encima, ahora esto otro, prometemos que tal. Trabaja, hazte valer, progresa, crece, compite, no te quejes mucho – que eres un afortunado – y gana más dinero, coño, aunque sea para vivir como los pobres, que decía Machado, menudo genio.

¿Y al final? Pues más problemas que soluciones, claro. Así que uno, sin ser adulto del todo, viene temiendo a la adultez que llega, inexorable y decadente, siempre pendiente del despertador, puntual, cada mañana. Y lo hace con sorpresa, qué remedio, pues durante la niñez marchita muchos soñábamos con ser adultos: parecía un juego divertido. Los astronautas, actrices, futbolistas, intrépidos reporteros, médicos, abogadas, artistas y princesas que ahora trabajamos detrás de un escritorio y vestimos algunos sueños rotos asumimos nuestra parte de culpa, pero nos resignamos a creer que toda es nuestra. No lo es. Y muchos, ahora, como queriendo volver a empezar o resignándonos a asumir tanta mierda ajena y propia, soñamos con volver a ser niños; por fin, y en serio.

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