De viaje

Frío

Hoy he vuelto a sentir frío. Llevaba más de seis meses sin sentirlo, y creo que lo echaba en falta. Ha sido al salir de la ducha, como en un invierno de Madrid, pero en Bangkok. También es invierno aquí; 26 grados y el sol abarcando el cielo. Ha sido extraño, sobrecogedor. Me ha pillado de sorpresa, pero me ha gustado. Me ha hecho recordar: había olvidado el frío.

Las duchas en la mañana siempre son un alivio contra el calor pegajoso con el que amanezco. Mi habitación está orientada al este, y entre las cortinas – no hay persianas – de su enorme ventanal se cuela la rabia del sol naciente y me hace sudar los sueños; me despierta. Por eso el frío que alguna vez he sentido en Bangkok ha sido culpa de los aires acondicionados. Los taxis, los centros comerciales, algunos restaurantes, los autobuses también, todos están llenos de este frío; frío artificial e incómodo.

Lo mejor de los inviernos son las mantas. Me gusta estar arropado; la sensación de una colcha calentándome, la sensación de la cama fría que se calienta poco a poco y de la que no quieres volver a salir nunca, envuelto como una crisálida en ese edredón que es entonces más casa que tu casa propia. Me gustan las duchas tórridas, las de piel roja, esas que llenan de vaho los espejos donde escribir mensajes o dibujar escafandras alrededor de tu cabeza para sentirte Jim Carrey en El show de Truman. Me gusta usar las dos toallas de casa para secarme, y que mi padre se cabree porque las dos están mojadas. Me gusta caminar abrigado, y bajar a por pan sin quitarme el pijama cuando me visto. Me gusta entrar en un bar y no quitarme el abrigo hasta que el calor se me hace insoportable. Me gusta salir en manga corta para hablar con los que fuman, pero apenas un minuto; casi una travesura. Me gustan las siestas de sofá y manta; el cine de sofá y manta; el fútbol de sofá y manta. Me gusta saber que el frío esta fuera, y yo dentro, en casa, sin tener planes y sin querer tenerlos. Me gusta el invierno de Madrid; frío de verdad e incómodo.

Hoy he vuelto a recordar, he vuelto a sentirlo. Y he querido que nunca se me olvide el frío, por favor, pues habré de odiar el calor durante el resto de mis días tórridos.

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