De viaje, Fotostón

“Pues no mucho”

Mi chica me vino a buscar una tarde a la salida del trabajo. “Creo que he escuchado a un gato bebé dentro de una caja en la calle” me dijo al poco de vernos: “pero no me he atrevido a abrirla por si estaba también la madre, o algo”. Hicimos varias tareas después, ya no recuerdo qué. Al volver a casa pasamos por el sitio donde ella había visto la caja. La caja seguía maullando; un maullido leve, opaco, con una cadencia angustiosa, una llamada a una madre que ya no estaba. Al abrir la caja vimos un gato blanco y negro, feo, muy feo, sucio de la leche que alguien le había puesto en un cuenco y que habría volcado una y mil veces, y con el olor las sobras de pescado con las que también se había rebozado en sus intentos imposibles por escapar de aquel zulo húmedo.

Gatos en Tailandia los hay por cualquier calle, de todos los colores y tamaños. No pasan hambre; la gente los alimenta y respeta. Así que a nadie parecía importarle aquella caja maulladora, menos a nosotros, y a una joven tailandesa que nos sorprendió al llegar con una gata en las manos, negra, más bonita, más sana, que sus padres no le habían dejado quedarse y que devolvía a la caja y a junto de su hermano con una tremenda pena. Tenían como mucho tres semanas de vida, habían caído de un tejado el día anterior, y hubiésemos apostado mucho dinero a que el gato más débil, el blanco y negro, no hubiese sobrevivido una noche más ahí.

Se me ocurrió escribirle por Twitter a Frank de la Jungla; le pregunté qué podía hacer con aquellos gatos. Pensaba que él, que a parte de tener su programa de televisión –  cojonudo, por cierto – gasta tiempo, dinero y esfuerzo en el cuidado de animales a través de una asociación con sede en Bangkok, me echaría un cable para no dejar a aquellos gatos morir en la calle. No recuerdo qué pregunté exactamente, pero todo se resume en un ‘¿Qué puedo hacer con dos mininos abandonados en una caja en Bangkok, Frank?’. “Pues no mucho” fue su respuesta lapidaria. No sobran ni faltan palabras. “Pues no mucho” fue todo lo que me pudo decir. Joder, no esperaba que acudiese con capa roja a rescatar a esos gatos, pero esperaba algo más que un “pues no mucho” de semejante defensor de la vida animal. La fama es un vestido que le sienta bien a muy pocos, es cierto.

Nos los llevamos a casa esa noche, los limpiamos y los alimentamos con biberón. En los días siguientes los llevamos al veterinario, los desparasitamos, compramos arena, comida especial, juguetes, camas y les pusimos muchos nombres ridículos. Eso fue hace casi dos meses. Ahora son pequeños gatos grandes: juguetones, pedigüeños y divertidos; divertidísimos. Parece correcto, moralmente, haberles salvado de una muerte más que probable. Pero es cierto que los gatos en esta ciudad tienen un lugar fuera de las cuatro paredes de un pequeño apartamento; kilómetros que recorrer, comida en cualquier rincón, estímulos de cualquier clase y peligros de los que aprender o ante los que sucumbir. En la inmensidad de esta ciudad gris también hay una ley de la selva, pero nosotros intervenimos. ¿Cuánto de egoístas fuimos al recogerlos? ¿Cuánto de egoístas seríamos si nos los quedásemos? ¿Cuánto de egoístas seríamos al soltarlos?.

Igual le han cogido gusto a la caja.

Igual le han cogido gusto a la caja.

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