De viaje

40 grados

Suelo comer sobre la una, y normalmente en un sitio de sopas, aquí al lado, apenas un minuto andando. La semana pasada me hice amigo de un gato, aunque los gatos no saben de amigos, es gris, joven, tiene un cascabel en el cuello y he decidido, en un ataque de morriña, quizás, que se llama Félix. El gato debe ser de los dueños del local, aunque los gatos tampoco saben de dueños, y juega y retoza por debajo de las mesas mientras los clientes comemos. Es gracioso; un gato en un restaurante, ya ves tú. Pero hoy, ¡ay hoy!, cuando he vuelto a ver a mi amigo Félix tumbado en mitad del local, rebozando su lomo en el suelo, rascándose quizás con la porquería que abulta en el piso, y de repente ¡zas!, alerta Felix, qué demonios es eso, es una rata, Felix, una enorme rata que camina por el local, y tú has ido a por ella, Félix, claro, está en tu territorio, y es una rata, y tú un gato, y la rata no se ha ido por donde ha entrado cuando te ha sentido llegar, qué va Felix, la rata te ha chuleado y ha corrido por debajo de las mesas, incluso por debajo de la mía, y tu detrás, Félix, detrás de ella sin poder cazarla porque aún eres joven, Félix, qué pena, me hubieses contrariado la sensación de asco con una sensación de admiración si la hubieses cazado, qué lástima, de veras, que te has quedado quieto, Félix, cuando la rata ha huido por la puerta de atrás, y tú bajo mi mesa, agazapado, mirando sigiloso hacia esa puerta, como si ya nada en el mundo importase, esperando de nuevo a ese roedor peludo de cola larga casi más grande que tú, Félix, no por tu juventud, que también, sino por su gran tamaño, Félix, vaya pedazo de rata, y qué rápida, carajo, que igual te hubiese comido ella a ti, amigo, quién sabe, y qué haría yo sin ti aquí, que juegas conmigo mientras el resto hablan en este idioma tan raro y difícil, que suena más rápido que 3 españoles borrachos tratando de llevar la razón, y por eso me gustas, Félix, valiente, vaya pedazo de rata, que apenas me ha dado tiempo a verla a mi, Félix, imagínate a perseguirla como tú, amigo mio, has sido el héroe, todos mis respetos, Félix, mañana igual le das castigo, así que sigue retozando, claro, que para eso eres un gato.

Los edificios no tienen un piso 13. No existe, se los saltan. Tampoco existe un botón con el número 13 en los ascensores de estos edificios, claro, raro sería subir al 13 en una casa donde no hay 13, ahí han estado listos los Tais, imagínate sino, qué desastre, dónde acabaría uno, sería algo así como perderse en el espacio, o en una entreplanta extraña donde caminar agachado, como queriendo ser John Malkovich en Bangkok, pero sin serlo, por favor, semejante caballero. Y no es que aquí no sepan contar, aunque alguno conozco que seguro que no sabe, sino que aquí todo tiene que ver con la suerte. Cada edificio tiene un templo en miniatura sobre una peana de un metro, más o menos, y cada mañana los templetes amanecen repletos de comida y bebida por gracia y voluntad de cada ciudadano, en ofrenda a su Dios y en beneficio de los gatos, que se dan festines durante todo el día porque los perros no llegan tan alto y porque los gatos como Félix tampoco entienden de más dioses que de los que les arañan las tripas. Los tenderos pasan los billetes con los que pagas  por encima del resto de prendas que están expuestas al mundo en sus tenderetes imposibles de equilibrios mágicos, y los restriegan y agitan, como bendiciendo el resto de stock, a ver si se lo llevan ya, demonios, que en casa se está más a gusto que en esta calle llena de polvo y humo, o no, quién sabe, porque aquí hay casas que parecen no serlo, lo juro.

Y de vez en cuando echo de menos Madrid, cojones, cómo no voy a hacerlo si además lo hago en silencio, que es como más se echan en falta las cosas, en silencio, como los peores vicios, y a veces siento que me gustaría estar allí unos días, o apenas el tiempo suficiente como para volver a odiarlo y querer marcharme, coño, que Madrid también da asco pero por eso me gusta, familia, que también se os echa de menos aunque uno no quiera decirlo muchas veces ni con demasiado empeño, no vaya a ser que se me preocupen y me sientan triste y lejos, que no es así, ni mucho menos, que estoy bien y no tengo más quejas que las que aquí expreso, y encima ni siquiera son quejas; y amigos, que aunque os hablo a traves de esta máquina no es lo mismo, ni nunca va a serlo, ya lo vimos en Wall-E, y se os echa de menos en la realidad de la calle y los parques, o en la de las casas vacías en verano con el aire acondicionado a tope y un par de litros de verde o de roja, según la vendan en el chino de abajo, y baja tú ahora que ya no queda, que antes he ido yo, no, que baje éste, que yo he traído la cena y encima me toca jugar, y el otro, yo paso, si quieres te doy el dinero y vas tú, que no haces nada y luego bebes, pues yo no voy a bajar, qué mierda, y al final no baja nadie, y se le pide al próximo que llegue a través del telefonillo, y si no no sube, y punto, que además ya somos muchos en esta casa, que nadie hace nada en el verano de Madrid, 40 grados, quién me iba a decir que echaría de menos sudarlos.

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3 thoughts on “40 grados

  1. angel garcia dice:

    sublime como siempre carajoooooooo..cuanto vamos a echar de menos..la soledad de las casas..con lo bien q lo pasamos ,trainspotting

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