De viaje

2.555

Un señor vestido de uniforme se lleva la mano a la frente y choca sus botas con espuelas metálicas en los talones cada vez que me ve entrar o salir de este edificio, a lo 1, 2, 3. Para subir a casa he de pasar una tarjeta blanca por tres diferentes lectores electrónicos: uno en la entrada, otro en el ascensor y otro más en la puerta de mi apartamento. La gente no se saluda por los pasillos y yo, imbécil, hasta les hago reverencias. Vivo en un piso 27. El ascensor va rápido, pero en él te da tiempo a entender como funcionan las cosas aquí: está forrado con espejos, cubriendo cada perspectiva posible, y eso te permite mirar sin mirar, deporte nacional en Ratchaprarop, Bangkok, Tailandia.

Hoy una gata se lamía sus partes en el mismo local en el que yo comía un arroz con un amigo. Cuando terminó de limpiarse, olisqueó entre las mesas y se fue por la puerta de atrás, con sus pezones colgando como si hubiese dado de mamar hace no mucho y con su rabo medio roto, quién sabe por culpa de qué vehículo. Entraba y salía a su merced, y nadie parecía reparar en ella. En mi edificio los ves jugando en la sala de la recepción, o subidos a pequeños templos en miniatura en donde se dejan dar sombra. Están en cualquier parte, en cualquier rincón, dentro y fuera, arriba y abajo: apenas se inquietan por el tránsito de la gente, y están muy bien cuidados por los locales, al igual que los perros. El respeto hacia otras formas de vida es total: jamás vi a perros y gatos callejeros mejor alimentados que gente callejera u hogareña, y eso no me da sino una sensación total de tranquilidad y respeto hacia este pueblo.

Aquí, a día de hoy, estamos en el año 2555. Soy 534 años más viejo, toma jet lag. Y yo tenía dudas al llegar, al ver tantas casas bajas, tanta ruina, tanta polución, de esa sensación de futuro. Pero no, qué cojones: aquí tienen moto-taxis. Señores con chaleco naranja que te llevan de un lado a otro por unos cuantos bahts, esquivando coches y personas y con una sola regla: infringir el mayor número posible de normas viales, si es que acaso aquí saben lo que es eso. El otro día recorrí un kilómetro en sentido contrario por una calle de cuatro carriles; y sin casco, por supuesto. Nadie pita sino es para avisar de que viene por la popa y que igual no deberías hacer algún giro, pero poco más. Los atascos se extienden kilómetros, pero eso está asumido y nadie se queja ni menta a las señoras y a las madres del resto. Nunca una ciudad tan grande tuvo tan pocos semáforos, y los pasos de cebra están ahí, pero como si no estuvieran: gasto inútil de pintura, poco más.

Ya llevo aquí una semana, y apenas empiezo a entender algo. Este es un país extraño y necesita tiempo de adaptación. La mejor prueba: se limpian el culo con una manguera que hay al lado de cada retrete, un chorro a presión que no deja ni un rastro de lo que fuiste, de lo que perdiste; de lo que ya no tendrás. Y yo, confieso, me he sentido raro, confuso, perdido. ¿2.555? ¿Sólo? ¿Podré titular así esto? ¿Seré acaso el nuevo Bolaño?

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2 thoughts on “2.555

    • Vivo en Bangkok desde hace un par de meses, he venido a trabajar. Por eso no he podido viajar demasiado, aunque casualmente uno de los sitios que conozco, aunque poco, es Ko Chang. Es una isla interesante, pero ¿por qué te interesa especialmente Ko Chang? ¿Qué pretendes hacer por allá?

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