De viaje

Del Rey, el deporte y los rincones.

No vengo a aburrir a nadie, igual que García Márquez no venía a decir un discurso.  El caso es que al final él dio muchos e igual yo también termino aburriendo. Pero si lo hago, pues me perdonan, que soy nuevo en esto, y nadie nació viajero, ni titulado, ni sabiendo.

He llegado a Bangkok, capital de Tailandia, epicentro del sudeste asiático, ciudad de los ángeles, como se hace llamar. Para que me estéis agradecidos no contaré detalles del viaje: ni lo que he comido, ni si hubo turbulencias, ni si esta azafata es guapa, ni si ese tiene pinta de ser ese, sino esa, ni si la mujer con velo ni si el hombre con dos mujeres, ni si el lujo de Doha ni si el baño olía a pis, y apenas haré mención al argentino que se sentó a mi lado con los pies descalzos y oliendo peor que un agosto madrileño. Sólo vengo a contar las tres primeras impresiones de Bangkok, las tres primeras notas de esta sinfonía que se irá extendiendo en este pentagrama bloguero a lo largo, esperemos, de varios meses.

La primera: el Rey. Ese hombre está en todos lados, donde menos te lo esperas. Viniendo desde el aeropuerto su figura se extendía como el Gran Hermano, también vigilando, aunque simpático, siempre con una sonrisa de medio lado y cara de no haber roto nada, ni siquiera un sueño. Sus fotos, muy bien trabajadas y con cierto ingenio publicitario, le simulan saludando a todos los coches que pasan, por ejemplo, desde un balcón inventado en lo alto de un cambio de sentido en mitad de la carretera. Se le ve en carteles anunciándose a sí mismo, en los calendarios de hoteles y restaurantes, en camisetas bañadas del sudor pegajoso que rezuma este clima tropical. Bien, hasta ahí normal en cuanto a propaganda.

Pues caminando por el parque que hay en frente de mi hotel, como si de una cámara oculta se tratase, de repente, sin más aviso que el de un silbato, absolutamente todo el mundo se ha quedado petrificado y mudo (excepto una señora un tanto déspota que hablaba igual o más alto que antes del pitido). Yo, bisoño en estos lares, he tardado en detenerme, porque he tardado en asimilar el sonido del silbato de la parálisis y he tardado también en escuchar un himno nacional que manaba de los altavoces que riegan con música este parque. Quietud. Ni un movimiento durante el himno (sólo la voz de la valiente déspota sonaba por encima de la música). Los que corrían alrededor del parque, pararon su trote. Los que hacían abdominales, los que se movían en bicicleta, los que estando sentados retozaban sobre la hierba, los que bailaban con monitores, los que hacían algún arte marcial, los del yoga, los del pilates, yo. Todos quietos como muertos mientras el himno nacional recordaba que todavía hay un rey con la capacidad de parar a un pueblo de millones de habitantes con la magia extraña de su canción corporativa. De verdad, ver para creer la normalidad de la gente ante esta gesta. Bravo por el Rey y por sus armas de control amplificadas.

Lo segundo: el deporte. Igual es que no hay demasiados parques y que hay demasiada gente, pero es increíble ver la actividad física de los tailandeses. Padres corriendo con hijos, hermanos pequeños con hermanas aún más pequeñas, madres de madres con hijos. Corriendo, saltando, pegando patadas al aire, haciendo pesas, abdominales, volteretas, cabriolas, dominadas: casi cualquier ejercicio imaginable. Os juro haber visto una horda de tailandeses haciendo aerobic al ritmo de música electrónica y bajo la orden de una monitora con mas adrenalina que el primer paracaidista de la historia. Llenaban el parque con sus movimientos de brazos y piernas, acompasados y coordinados como el ejercito más sanguinario, al son de esa música con la que hasta a mi me daban ganas de invadir un país. Desde niños hasta ancianos que parecen burlar la vejez, todos junticos, sudando y sonriendo: siempre sonriendo.

Lo tercero: los rincones. Imaginad un sitio donde no cabe nada pero en el que caben todas las cosas del mundo. Así son los rincones de este sitio, en cualquier calle, en cualquier esquina. Puestos enteros de comida en donde apenas caben cuatro cebollas; mercadillos enteros donde alguien sin esta visión espacial privilegiada de los mercaderes tailandeses no podría hacer un muestrario ni de seis pares de calcetines. Y no sólo eso, sino que dentro de cada rincón se esconden otros rincones, con más cosas que se miran como se miran las cosas aquí: abrumado.

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9 thoughts on “Del Rey, el deporte y los rincones.

  1. Sigue escribiendo y escribiéndonos, corazón, que lo haces muy bien. Nos permite, además, añorarte un poco menos, seguirte la pista, saber de ti.
    Un besote de los gordos! I’m very proud of you.

  2. Pilar Martín dice:

    Estupenda descripción de recién llegado al trópico. Creo que ya estás en tu futuro prometedor. Me alegra tanto lo spabilao que eres…Háblanos también de tus primeras impresiones de la comida, la religiosidad, las joyerías, las caras de los niños, los sastres, las sesiones de masaje, las cortapisas de la administración, las relaciones con tus caseros, en fin…todos estamos de viaje allí gracias a tí. Besos

  3. Susana, amiga de tu madre dice:

    ya le decía yo a MJosé que esto iba a ser una buena experiencia para ti y, sobre todo, para tus lectores (presentes y futuros…). Se disfruta mucho con tu blog. Gracias y un beso enorme.

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