Vaya Ud. a saber

Mi vida es una gran mentira

Pensaba que no, pero sí. Lo cierto es que llevaba años luchando contra la idea de que la publicidad, de algún modo, me influía. Luchando contra el hecho claro de que yo no compraba por impulso, sino por necesidad. Luchando contra el esperpento de ser una oveja más del rebaño pastoreado por los perros del capital. Pero esta noche me he dado cuenta de que, al fin, he sucumbido: la publicidad ha cambiado mis costumbres.

Vivo en un barrio bien, con una familia bien; aunque sin perro. He mamado televisión, en dosis justas (gracias a le censura – por entonces despótica y hoy agradecida – de mi madre) desde pequeño. Vivo sano, creo, y no tengo mayores miedos que los que atormentaban a los galos de Goscinny y Uderzo: que el cielo caiga sobre mi cabeza. Desgasté el patio y las mesas de dos colegios, enfrentados en mi barrio, uno público y otro concertado. Terminé el bachillerato en un instituto progre y me he manifestado por tantas cosas que apenas recuerdo algunas. He viajado por menos mundo del que me gustaría; pero he viajado, que ya es algo. Y acabo de licenciarme, pese a las reticencias del sistema educativo en haberme dado cinco años de placer y no de bodrio, como es el caso.

Así que durante los 23 años – casi 24 – de mi vida nimia y anodina, me he educado más o menos bien, a gusto del sistema y a disgusto con el mismo, aunque tampoco he hecho demasiado por cambiarlo. Siempre me he creído un poco apartado de él; quizás algo por encima. Falso. Y prueba de ello era lo que venía comentando al principio. Sentía que la publicidad no me influía, no me alteraba. Me daban igual los anuncios, los carteles, las cuñas, las promociones, los regalos. Vivía – y vivo – en este conglomerado donde uno no sabe si compra o es él el que es comprado. Pero siempre creía actuar por mi cuenta y riesgo, ajeno a las influencias de los rayos catódicos o del plasma, ajeno a las vallas publicitarias y a las marquesinas; compraba lo que me gustaba y porque me daba la gana; veía lo que quería y lo criticaba cuanto podía, escuchaba música díscola, y votaba – cuando votaba – a los partidos pequeños y extraños. Y nada de afuera me importaba ni conseguía quitarme el sueño. Hasta ayer.

Tengo mis costumbres, como todos, aunque quizás sean manías, como tantas. La lengüeta siempre por debajo del pantalón y los cordones por detrás de la lengüeta. Las películas y las series siempre en versión original, y con subtítulos. Los dientes se empiezan a cepillar por el lado izquierdo de la boca. El recorrido de la esponja por el cuerpo es casi matemático, milimetrado. Mi postura en el sofá es sólo mía. Chocolate a cualquier hora. La fruta nunca se pela encima del plato de la comida. Y sí; como deprisa y cago despacio, y hacerlo al revés es síntoma de vergüenza o necesidad. Silbo a todos los perros y me enfado conmigo si no me hacen caso. Me veo más guapo en los espejos de mi casa que en el resto de los espejos. Y para dormir abrazo un cojín, y dejo la persiana entreabierta, pues la luz es mi alarma de seguridad en caso de apagar, queriendo sin querer, la alarma de mi móvil; cosa que hago casi siempre.

Esas son sólo algunas de las costumbres que me vienen a la cabeza ahora, y algunas de las que creo más incorruptibles, intrínsecas, entrañadas y arraigadas en el cerebro de este cráneo magno. Pero no; resulta no ser así. Ha cambiado, por ahora, una de ellas; y la culpa es de la publicidad.

Mi cuarto, en último piso de mi edificio, es espacioso y de techos altos, y tiene una ventana bastante grande, que abarca más de la mitad de la pared y que da a una calle pequeñita de este barrio bien que antes comentaba. En la fachada de enfrente, haciendo esquina, hay un edificio viejo y corrupto, víctima del paso del tiempo, del urbanismo y de la dejadez. Allí hace mucho que ya no vive nadie, las paredes están amarillentas, mohínas, y en las ventanas hay listones de madera atravesados que sirven de muletas para la senectud inquietante y temblorosa de sus vanos. Es un edificio bajo, muy bajo, de apenas cuatro plantas; un edificio construido cuando este barrio no se sabía parte de ninguna gran ciudad. Así que el contraste con los edificios anexos es notable, y los colores, las alturas y los materiales avergüenzan a este viejito que se resiste a morir desde hace tanto tiempo.

A sus lados, pues, hay varios edificios que lo rodean, acomplejándolo, y configuran un patio interior al que le sobra fachada por todos lados y que esta casita añeja me permite intuir. Así que no sólo veo un edificio pequeño rodeado de unos cuantos matones de ladrillo. También veo una pared enorme que se impone frente a todo, quizás también por su color amarillento y su anchura, sobresaliente.

Pues bien. Ayer, culpen a mis vacaciones, me fui a dormir tarde. El reloj debía acariciar las cuatro de la madrugada cuando entré en mi cuarto. Y no supe si es que el cielo se estaba abriendo y algún tipo de figura celestial venía a visitarme, o que quizás el cambio climático era una amenaza más que cierta y, de repente, era de día y yo aún no lo sabía. Pero por mi ventana entraba una luz imposible para esas horas de la madrugada. Y como alguien en los estertores de la vida, caminé hacia esa luz, con la esperanza de dar respuesta a mis preguntas; incluso a las más existenciales. Lejos de eso, al asomarme a mi ventana, me encontré con un enorme cartel publicitario colgado en esa enorme fachada que peina la casa baja y vieja. Un cartel que mide varios metros cuadrados y que, a modo de guardias de seguridad, tiene tres grandes focos proyectando sobre él una luz entre blanca y azul, que, a día de hoy y a mi parecer, debe asemejarse bastante a la luz que ilumina el infierno.

Así que me senté en la cama mientras me desvestía, absorto en ese cartel hipócrita que anuncia a una empresa energética de las que, tócate los cojones – y perdonen mi enfado –, se atreven a hablar sobre responsabilidad social y medio ambiente mientras tienen carteles iluminados con trillones de vatios de potencia a las tantas de la madrugada en los barrios de bien de las grandes capitales europeas. Y yo, que tengo la hermosa costumbre de dejarme despertar por los primeros, o segundos, rayos de luz natural, me encuentro con que si duermo con la persiana entreabierta nunca va a dejar de ser de día. Y yo, que pese a estar de vacaciones, quiero dormir, bajé la persiana como un vampiro que nada quiere saber de la luz. Y yo, que siempre he sentido un especial aprecio por mi, me acosté en la cama maldiciéndome, pensando que sí, penando que, al fin, la publicidad había terminado por cambiar mis costumbres. Y yo, que esta mañana he vuelto a silenciar la alarma del móvil sin querer queriendo, me he levantado tardísimo y a oscuras, y me he dado cuenta de todo: mi vida, entera, es una gran mentira.

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